Harpaste se ha quedado ciega y no lo sabe. Un día deja de ver, pero ella no dice que está ciega: dice que la casa está oscura, y pide que la cambien de habitación.
Harpaste era la bufona que la mujer de Séneca tenía en casa. Era una de esas personas que las familias ricas de Roma mantenían para reírse con sus ocurrencias, y se quedó con ellos como una herencia.
Séneca cuenta esta historia en una carta a su amigo Lucilio, y antes de que nos riamos de ella nos avisa: nosotros hacemos lo mismo.
Nadie se reconoce avaro ni ambicioso. El que se enfada con facilidad dice que no es culpa suya, que es cosa de la juventud. Y Séneca lo resume así: el daño está dentro de nosotros, y cuesta más curarlo porque ni siquiera sabemos que estamos enfermos1.
Esa ceguera, la de quien no ve y cree que el problema está fuera, tiene un contrario. Es ver lo que hay de verdad y saber qué hacer con ello. Los griegos lo llamaron phronesis, que traducimos por prudencia o sabiduría práctica.
Aquí vamos a ver qué significa, qué no es y cómo se llama su contrario, que es justo lo que le pasa a Harpaste.
Qué significa phronesis: saber qué toca hacer
Phronesis es la prudencia entendida como sabiduría práctica: saber qué hacer y qué no hacer en una situación concreta, aquí y ahora. Los romanos la llamaron prudentia. Para los estoicos era la primera de las cuatro virtudes cardinales. Son las cuatro cualidades básicas del buen carácter: la prudencia, la justicia, la valentía y la templanza.
Diógenes Laercio reunió hacia el siglo III lo que enseñaban los filósofos antiguos. Cuenta que los estoicos definían la prudencia como la ciencia de lo bueno, de lo malo y de lo que no es ni bueno ni malo2.
Para entenderlo, imagina tres cajas. En la de lo bueno, los estoicos metían una sola cosa: actuar bien, es decir, con prudencia, con justicia, con valentía y con templanza. En la de lo malo, lo contrario: actuar mal.
Y en la tercera caja, la de lo que no es ni bueno ni malo, metían todo lo demás: la salud, el dinero, la fama o el placer. También metían ahí sus contrarios, como la enfermedad, la pobreza o la mala fama3.
No es que esas cosas no importen. Los estoicos decían que es razonable preferir la salud a la enfermedad4. Lo que decían es que ninguna de ellas te hace mejor ni peor persona: eso depende de lo que hagas con ellas.
Y si lo piensas, casi todo lo que nos quita el sueño está en esa tercera caja: el dinero que no llega, lo que piensen de nosotros, si saldrá bien una entrevista.
Marco Aurelio, el emperador romano, añade cómo se llega a distinguir bien. Ser prudente, dice, es mirar cada cosa con exactitud y con una atención que no se cansa5. Es decir, antes de decidir bien hay que mirar bien, sin quedarse con la primera impresión.
Lo que no es: la prudencia no es quedarse quieto
Piensa en esta escena. Todavía dentro del coche, con la puerta abierta y un pie fuera, relees el mensaje del jefe nuevo. Escribes tres respuestas y borras las tres. No sabes cuál es la buena, y te dices que lo prudente es no mandar ninguna. El pulgar se queda quieto sobre la pantalla.
Ese es el malentendido más común: creer que la prudencia es un freno. No meterse, no arriesgar, esperar a ver qué pasa. Para los estoicos era casi lo contrario.
Si la prudencia es saber qué es bueno, qué es malo y qué no es ni lo uno ni lo otro, sirve para decidir. Y muchas veces lo que toca decidir es actuar.
Séneca lo explica con una idea sencilla: las cosas cambian mientras uno consulta y les da vueltas. Por eso un consejo solo sirve si llega a tiempo y habla de la situación de hoy6. Si esperas demasiado, la situación ya es otra, y lo que ibas a decidir ya no sirve.
¿Y si de verdad no ves claro qué hacer? Marco Aurelio se daba a sí mismo una regla en dos pasos. Si ves claro lo que debes hacer, hazlo con firmeza. Si no lo ves, detente y pregunta a los que saben más que tú7.
Fíjate en que las dos salidas son hacer algo. Pararse, para él, no era esperar a que el problema se arreglara solo: era ir a buscar a alguien que viera mejor.
Vuelve al coche. La prudencia no era borrar las tres respuestas. Era mirar qué respuesta sería honesta y respetuosa, cuál sería un error y qué te frena de verdad, como el miedo a quedar mal con el jefe. Después, mandar la respuesta que sale de ahí, o preguntar a quien conozca bien ese trabajo.
Lo contrario de la prudencia: la insensatez y la amathia
Toda virtud tiene un vicio contrario, y mirar lo que pasa cuando falta la prudencia ayuda a entenderla mejor. Aquí los griegos distinguían dos cosas que conviene no mezclar: no saber, y no saber que no sabes.
Aphrosyne, la insensatez
Diógenes Laercio cuenta que, para los estoicos, el vicio contrario a la prudencia era la insensatez, en griego aphrosyne, que algunas traducciones llaman imprudencia8. Y da una definición que vale para todos los vicios: el vicio es ignorar las cosas cuyo conocimiento es la virtud8.
Dicho de forma más sencilla: el insensato no es el que tiene mala suerte ni el que se equivoca una vez. Es el que no sabe distinguir lo que la prudencia distingue.
Mete en la caja de lo bueno cosas que no lo son, como el dinero o lo que piensen de él, y decide desde ahí. Por eso se equivoca una y otra vez, aunque tenga buena intención.
Amathia: no saber que no sabes
Hay una forma de no saber peor que la insensatez. Para nombrarla hay que salir un momento de los estoicos e ir a Platón, el filósofo ateniense cuya obra conocían bien.
En uno de sus diálogos, Platón separa dos cosas. Una es la ignorancia en general, que en griego se dice agnoia. La otra es una clase de ignorancia más grave que todas las demás: creer que sabes algo cuando no lo sabes. A esa la llama amathia9.
La diferencia importa. La agnoia es no saber, sin más: no sé japonés, y sé que no lo sé. Tiene arreglo, porque quien sabe que no sabe pregunta.
La amathia es no saber y estar seguro de que sí sabes. Es mucho más difícil de arreglar, porque quien la tiene no pregunta nada. Es la de Harpaste: no ve, y cree que el problema es la luz.
Ahora otra escena, en la cocina. Acabas de contestarle a tu hijo o a tu hija con un tono que no hacía falta. Apagas la vitrocerámica y te quedas con la mano en el mando. Te lo explicas enseguida: «es que vengo reventado». Y te lo crees.
Estás seguro de saber lo que te ha pasado, y por eso no te haces ninguna pregunta más. Esa explicación rápida es la amathia en pequeño: tienes la respuesta antes de haberte hecho la pregunta.
Marco Aurelio recoge de Platón una frase que explica por qué esto nos pasa a todos: «Toda alma se ve privada de la verdad contra su voluntad»10. Quiere decir que nadie elige equivocarse.
Nadie se levanta decidido a no ver las cosas como son: nos quedamos sin la verdad creyendo que la tenemos. Por eso Marco Aurelio se lo recordaba a menudo, y decía que tenerlo presente le volvía más amable con todo el mundo10.
Séneca añade un matiz incómodo, y conviene decirlo. A veces no es solo que no veamos: es que no queremos ver. Habla de un ánimo a oscuras que acaba enamorado de su propia ceguera11.
Esto no contradice a Marco Aurelio, lo completa. Nadie elige equivocarse, pero una vez dentro del error, a veces nos resulta más cómodo quedarnos en él que mirar.
Qué mirar distinto hoy
Lo que te propongo para hoy es pequeño y te llevará lo que tardas en contestar un mensaje. Antes de responder a uno que te ha removido, reparte lo que tienes delante en las tres cajas.
En la de lo bueno: contestar con verdad y con respeto, y hacer bien tu parte. En la de lo malo: contestar con rabia, mentir para quedar bien o no contestar por miedo. En la tercera: lo que piense de ti quien te escribe, si te da la razón, cómo vas a quedar.
Verás que la tercera es la que más se llena, y que lo que queda en las otras dos es poco y depende solo de ti. Con eso suele bastar para saber qué contestar. Si aun así no lo ves claro, no borres: pregunta a alguien que sepa.
Y si te oyes dar una explicación demasiado rápida de por qué has hecho algo, para un segundo. Pregúntate si de verdad sabes lo que te ha pasado, o solo crees saberlo.
Harpaste pedía que la cambiaran de habitación porque creía que el problema era la casa. La próxima vez que algo te parezca oscuro, antes de cambiar de sitio, comprueba si lo que falla es la luz o tu manera de mirar. Por ahí empieza la prudencia: por saber qué tienes de verdad delante.
Separar las tres cajas se entiende en una tarde, y practicarlo lleva más tiempo. Para eso he diseñado el curso «Construye tu fortaleza interior», para llevar estas ideas a nuestro día a día.
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Notas
- Séneca, Cartas a Lucilio, carta 50.
- Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 92.
- Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 102.
- Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 104 a 106.
- Marco Aurelio, Meditaciones, libro X, 8.
- Séneca, Cartas a Lucilio, carta 71.
- Marco Aurelio, Meditaciones, libro X, 12.
- Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 93.
- Platón, Sofista, 229b-c.
- Marco Aurelio, Meditaciones, libro XI, 18; la misma idea en libro VII, 63.
- Séneca, Cartas a Lucilio, carta 122.
