Séneca, el filósofo romano, le confiesa a su amigo Lucilio una costumbre suya. Hay cosas que no ha dejado del todo, pero las usa con tanta moderación que casi no se distingue de no usarlas.

Y añade algo que sorprende: eso es lo que más le cuesta, porque es más fácil dejar algo del todo que limitar su uso1.

Fíjate en lo que acaba de decir: que dejarlo es lo fácil. Nosotros solemos pensar al revés. Creemos que el que se priva de todo es el fuerte, y que el que se sirve con medida es un poco flojo. ¿Y si la medida fuera la parte difícil?

Los estoicos, la escuela de filosofía griega y romana de Séneca, Epicteto y Marco Aurelio, llamaban a esa medida sophrosyne, la templanza. Aquí vamos a ver qué significaba, con qué se confunde y por qué decían que vale igual para el vino que para el dinero o la risa.

Qué significa sophrosyne: tomar lo que la razón permite

Sophrosyne significa templanza: la medida en los placeres, en los apetitos y en los impulsos, es decir, el dominio de uno mismo. Es una de las cuatro virtudes cardinales, junto a la prudencia, la justicia y la valentía2.

La explicación más útil la da Séneca en otra carta: la mejor regla para lo que nos resulta agradable es tomar de ello lo que permite la razón, y no lo que pide el deseo3.

Fíjate en el verbo que usa: tomar. La templanza no prohíbe el placer. Lo que hace es decidir cuánto, y lo decide la cabeza en lugar del antojo.

Diógenes Laercio, que hacia el siglo III reunió lo que enseñaban los filósofos antiguos, cuenta cómo definían los estoicos la continencia, una de las virtudes que dependen de la templanza.

Era una disposición firme que no se aparta de lo que manda la recta razón, es decir, de pensar bien sin dejarse engañar. O, dicho de otro modo, un hábito que los placeres no pueden vencer4.

Lo importante aquí es la palabra hábito. La templanza no se consigue con un esfuerzo heroico una noche. Se construye con muchas decisiones pequeñas, hasta que medir se vuelve costumbre.

Marco Aurelio, el emperador romano que escribía notas para sí mismo, lo mira desde dentro. Lo propio de la razón, escribe, es ponerse límites y no dejarse vencer por los impulsos ni por el apetito, que tenemos en común con los animales. A la razón le toca servirse de ellos, y no al revés5.

Es decir, tener apetito no es malo: es parte de estar vivo. Lo que se pregunta Marco Aurelio es quién decide, si el apetito o tú.

Lo que no es: la templanza no es privarse

Piensa en esta escena. En una cena con amigos pasa la botella, y tú tapas la copa con la mano. Notas enseguida que te has convertido en el aguafiestas de la mesa. Y piensas que la templanza debe de ser eso: decir que no a todo y pasarlo un poco peor.

Ese es el malentendido más común, y Séneca lo desmonta por tres lados. El primero ya lo hemos visto: la moderación cuesta más que la abstinencia1. Tapar la copa toda la noche puede ser lo fácil. Lo difícil es servirte, disfrutarlo y parar donde has decidido.

El segundo: el disfrute sin medida es el que se acaba pronto. Séneca lo dice de los bienes que trae la buena suerte: si se disfrutan sin medida, se van solos6. Quien bebe sin medida acaba la cena antes y peor. La medida, por tanto, es lo que permite seguir disfrutando.

Y el tercero: la templanza no es tacañería. Séneca la define como una ciencia que enseña a evitar lo superfluo y un arte de usar los bienes con moderación.

Entre la templanza y la mezquindad, dice, hay una distancia enorme, aunque a veces llamemos parcos a los dos7. El templado consume lo justo. El tacaño, menos de lo justo, para no gastar.

¿Qué era, entonces, la templanza en esa cena? Servirte lo que la razón permite, beberlo con gusto y parar tú cuando lo decidiste. Eso cuesta más que decir que no a todo, y por eso los estoicos lo llamaban virtud.

Akolasia, la intemperancia: el vicio de enfrente

Para entender una virtud ayuda mirar su contrario. El de la templanza es la intemperancia, que en griego se dice akolasia: no ponerse medida. Diógenes Laercio cuenta que los estoicos la ponían entre los cuatro vicios principales8.

Marco Aurelio la describe desde dentro, y la descripción es incómoda. La intemperancia, dice, es una afrenta a uno mismo, porque la parte más alta de nosotros se rinde y se pone a los pies del cuerpo9.

¿A quién ofende, entonces, el que se pasa? A veces también a los de fuera, pero el primero que pierde es él mismo, que deja de mandar en su propia vida.

Séneca lo ve en el vino. Beber más de lo que uno aguanta, dice, es indigno de una persona, y la borrachera no crea los defectos: los destapa10. Con esto quiere decir que el vino quita el freno de la vergüenza y deja salir lo que ya estaba dentro.

Y añade una observación que todavía escuece: los animales saben cuándo están llenos, y nosotros ni siquiera conocemos la medida de nuestro estómago11.

Lo que tampoco es: no va solo de comida y bebida

Hay un segundo malentendido: creer que la templanza solo tiene que ver con la mesa. Otra escena. En la cama, con la luz apagada, pasas vídeos cortos con el pulgar. Ibas a estar cinco minutos y llevas cuarenta, y la pantalla te ilumina el techo.

¿Vale también para la pantalla? Los estoicos no la conocían, y conviene decirlo claro: aplicar la templanza a la atención es una lectura de hoy. Pero su regla era general, y por eso se puede aplicar.

Marco Aurelio no hablaba de un apetito concreto, sino de los impulsos y el apetito en general5. Epicteto, el maestro estoico que había sido esclavo, ponía medida hasta en la risa: ni mucha, ni muy seguida, ni a carcajadas12. Y Séneca la aplicaba al dinero. Sin templanza, decía, no hay riqueza que baste13.

Marco Aurelio cuenta además que aprendió de uno de sus maestros, el filósofo Máximo, a ser dueño de sí y a no ir adonde le llevara la ocasión14.

Y en otro pasaje dice que la prueba de una persona sabia es saber aguantar en lo que duele y tener medida en lo que gusta15. Lo primero es la valentía. Lo segundo, la templanza.

Musonio Rufo, un maestro estoico romano que fue profesor de Epicteto, pone la primera prueba donde menos la buscarías: en la comida.

Decía que comer y beber con medida es el comienzo de la sensatez, porque, de todos los placeres, el de la comida es quizá el más difícil de dominar16. Por eso conviene empezar a practicar por algo tan pequeño como el plato, antes de ir a por lo grande.

Mesa larguísima con un único plato pequeño con pan, aceitunas y un higo, imagen de Musonio Rufo: la mesa es la primera prueba de la sensatez.

Qué mirar distinto esta noche

La práctica de hoy cabe en un segundo: el que pasa entre que algo te apetece y te lo das. Epicteto le hablaba a ese segundo como si fuera una persona: «Cuando recibas una impresión, dile: «Espera un poco, impresión, déjame ver qué eres y qué representas; déjame ponerte a prueba»»17.

Con «impresión» se refería a la idea que te llega de golpe a la cabeza, antes de pensar: «me apetece otra copa», «uno más y lo dejo». Epicteto no te pide que le digas que no. Te pide que le digas que espere, para mirarla antes de hacerle caso.

Esta noche, en el momento de servirte la segunda vez, o de pasar al siguiente vídeo, di «espera». Pregúntate qué te está pidiendo de verdad esa impresión: si es hambre, sed, cansancio o ganas de no pensar. Y decide tú la medida.

Si al principio te cuesta, Epicteto aconsejaba entrenar primero lejos de la tentación, y ponerse delante de ella solo más adelante18. No hace falta empezar por lo más difícil: puedes empezar dejando el móvil fuera del dormitorio.

Vuelve a la cena con amigos. No hace falta tapar la copa toda la noche. La templanza que pedían los estoicos era servirte, disfrutarlo y parar donde tú habías decidido. No siempre vas a parar donde dijiste. Pero cada vez sabrás mejor dónde estaba tu medida, y que la pones tú y no tu antojo.

Decir «espera» se entiende en una tarde. Hacerlo cada noche lleva más tiempo, y para eso he diseñado el curso «Construye tu fortaleza interior», para llevar estas ideas a nuestro día a día.

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Notas

  1. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 108.
  2. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 92.
  3. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 88.
  4. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 93.
  5. Marco Aurelio, Meditaciones, libro VII, 55.
  6. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 74.
  7. Séneca, De los beneficios, libro II, 34.
  8. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 93.
  9. Marco Aurelio, Meditaciones, libro XI, 19.
  10. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 83.
  11. Séneca, Cartas a Lucilio, cartas 59 y 114.
  12. Epicteto, Enquiridión, 33.
  13. Séneca, De la tranquilidad del ánimo, 9.
  14. Marco Aurelio, Meditaciones, libro I, 15.
  15. Marco Aurelio, Meditaciones, libro I, 16.
  16. Musonio Rufo, Disertaciones, XVIII.
  17. Epicteto, Disertaciones, libro II, 18.
  18. Epicteto, Disertaciones, libro III, 12.