Apagas el motor y no bajas del coche. Tienes las manos en el volante. Delante está la puerta del trabajo, la de siempre. Todo está en orden: el sueldo, la casa, la familia. Y aun así no sabrías decir si tu vida está lograda.

No es un mal día, y eso es lo raro. Nada falla. Sin embargo, la pregunta aparece sola, con el motor todavía caliente. ¿Con qué se mide una vida lograda?

Es una pregunta que nos hacemos todos alguna vez, y los estoicos la tomaban muy en serio. Los estoicos eran la escuela de filosofía que fundó Zenón en Atenas, y tenían una palabra griega para lo que buscas en ese momento: eudaimonia, la vida bien vivida.

Hoy se suele traducir por «felicidad», y ahí empieza el lío. Cuando decimos felicidad pensamos en una emoción, en sentirnos bien un rato. Eudaimonia habla de otra cosa: de cómo va tu vida entera.

Vamos a ver qué quería decir de verdad, con qué se confunde y qué cambia cuando la entiendes así.

Qué significa eudaimonia: la vida bien vivida

Eudaimonia significa vida bien vivida: una plenitud que se sostiene en el tiempo porque brota de la virtud y no depende de la suerte. Hoy la traducimos como «vida lograda» o «florecimiento», dos traducciones de nuestra época que apuntan a lo mismo: una vida entera vivida de forma plena, no un buen rato.

La palabra virtud necesita una explicación, porque hoy suena a beatería. Los estoicos hablaban de cuatro virtudes principales: la prudencia, que es saber qué hacer; la justicia, que es tratar bien a los demás; la valentía, que es no echarte atrás por miedo; y la templanza, que es no dejarte llevar por los excesos1. La virtud era, por tanto, una manera de actuar.

Séneca, el filósofo romano que escribió un pequeño libro sobre la vida feliz, lo explica así: la vida feliz es la que está conforme con la propia naturaleza, y para eso hace falta, antes que nada, un alma sana que se mantenga sana2.

Con «alma sana» se refiere a una cabeza que juzga bien y no se deja arrastrar por el miedo, la envidia o el capricho. Es decir, una vida lograda empieza por dentro, por cómo miramos y decidimos.

Y añade una idea que sorprende: para una vida así, el único bien es la virtud, y todo lo demás ni le quita ni le añade nada3. Con «todo lo demás» Séneca se refiere a cosas como el dinero, la salud, el éxito o la buena fama.

No es que esas cosas no importen. Los estoicos decían que es razonable preferir la salud a la enfermedad, o tener con qué vivir a no tenerlo4. Lo que decían es que ninguna de ellas hace que tu vida esté lograda o malograda. Eso depende de lo que hagas con ellas.

Marco Aurelio, el emperador romano que escribía notas para sí mismo, se hace la pregunta sin rodeos: ¿dónde está la felicidad? Y se responde: «En hacer lo que la naturaleza del hombre requiere»5.

Lo que pide nuestra naturaleza, para los estoicos, es usar bien la cabeza y portarnos bien con los demás. Y fíjate en el verbo que elige: hacer, y no sentir ni conseguir. Por eso una vida lograda se sostiene en el tiempo. No depende de cómo te vaya el día, sino de lo que haces con él.

Pasa como con un partido de fútbol, que se juzga entero cuando acaba y no por el gol del minuto tres. Con una vida pasa lo mismo. Un buen momento no la convierte en lograda, y un mal momento tampoco la estropea.

Campo arado con unas pocas flores que brotan de una losa de hormigón al borde de un surco, imagen del placer que llega de paso según Séneca.

Lo que no es: ni buen humor ni buena suerte

El malentendido más común es confundir la vida lograda con sentirse bien. Si lees «felicidad», piensas en un estado de ánimo agradable, algo que llega y se va. Y si entendemos la meta como una emoción, nos quedamos esperando a que llegue. Eudaimonia habla de una manera de vivir, y con ella la pregunta cambia: ya no es cómo me siento, sino cómo estoy viviendo.

Piensa en la salud. Estar sano es cómo funciona tu cuerpo, y puedes tener un mal día sin estar enfermo. Con la eudaimonia pasa igual: tu vida puede estar bien vivida en un día en que no te sientes bien.

Hay una segunda confusión, más callada: creer que una vida lograda es una vida con placer y con suerte. Piensa en esta escena.

Friegas la sartén despacio y repasas el viaje que acabas de hacer. Todo salió bien: la comida, el hotel, las fotos. Y has vuelto con el mismo vacío de antes. Pasas la esponja otra vez por un plato que ya estaba limpio.

Nadie hizo nada mal, y el viaje valió la pena. Fue placer y buena suerte, y las dos cosas se agradecen. Pero el vacío te está diciendo que lo que esperabas del viaje no se llena con un viaje, por bueno que sea.

¿Significa eso que disfrutar está mal? No, y Séneca lo explica con una imagen del campo. Cuando un labrador ara la tierra para sembrar, a veces brotan flores al borde de los surcos, aunque él no las buscaba6. Así veía Séneca el placer: algo bueno que llega de paso cuando vivimos bien, y no la paga que se recibe por hacerlo.

Con la suerte pasa algo parecido. Una buena racha se agradece, y el problema empieza cuando haces depender de ella tu vida entera.

Séneca lo advierte en una carta: quien tiene por bueno algo distinto de lo honesto «se pone en manos de la Fortuna y queda bajo el dominio de otro»7. Con «lo honesto» se refiere a lo que está bien hecho, que para él es lo mismo que la virtud. Y la fortuna era para los romanos la suerte, que da y quita sin avisar. Quedar bajo el dominio de otro es depender de lo que no controlas.

Con las dos confusiones aclaradas, la definición se ve mejor. Una vida lograda está en lo que haces con lo que te toca. Por eso se sostiene aunque el ánimo cambie de un día a otro.

El bien supremo, o summum bonum: por qué no puede venir de fuera

Los romanos tenían una expresión para lo mejor que se puede tener en la vida, lo que se busca por encima de todo lo demás: summum bonum, el bien supremo. Para los estoicos, ese bien supremo era la virtud. Y la pregunta que tiene sentido hacerse es por qué no podía ser otra cosa, algo de fuera.

Séneca lo razona en una carta a su amigo Lucilio. El bien supremo, dice, no necesita ayudas de fuera y se basta a sí mismo, porque si dependiera en algo del exterior, empezaría a estar sujeto a la fortuna8. Dicho de otra manera: lo que la suerte te puede quitar no puede ser lo mejor que tienes.

Nos pasa a casi todos: buscamos lo mejor fuera, en un ascenso, una casa o un buen año, que pueden no llegar nunca o llegar y marcharse. Si el bien supremo fuera un resultado, nuestra vida lograda quedaría pendiente de él. Si es la virtud, la tenemos a nuestro alcance cada día.

No era una idea solo de Séneca. Diógenes Laercio, que hacia el siglo III después de Cristo reunió lo que enseñaban los filósofos antiguos, cuenta que Zenón, el fundador de la escuela, y Crisipo, el tercer director de la escuela, que ordenó por escrito su doctrina, sostenían que la virtud basta para ser feliz9.

Fin, virtud y calma: cómo encaja la vida lograda

Hay otra palabra griega que suele aparecer junto a eudaimonia: telos, el fin último, que es lo que buscamos por sí mismo y no para conseguir otra cosa. El telos es la pregunta por adónde va una vida, y la eudaimonia era la respuesta.

Casi todas las escuelas de la Antigüedad daban esa misma respuesta. Lo notaba ya Aristóteles, el filósofo griego que fue maestro de Alejandro Magno: casi todos llaman felicidad al bien supremo, pero no se ponen de acuerdo en qué consiste10. Donde las escuelas discutían era en qué significa vivir bien.

Ahora, tres cosas que nos cuesta separar. La virtud es lo que haces: juzgar bien, tratar bien a los demás y actuar con cabeza. La vida lograda es lo que tu vida es cuando haces eso. Y la calma es cómo te encuentras después, como consecuencia.

Para los estoicos, las dos primeras coinciden, porque, como hemos visto, la virtud basta. Vivir con virtud no es el camino hacia una vida lograda que llegará más tarde: es la vida lograda misma. Por eso cada día que la practicas te acercas a ella, aunque nadie la tenga entera.

La calma llega por añadidura. Séneca lo dice en el mismo libro sobre la vida feliz: de vivir conforme a la naturaleza nace una alegría firme y constante, y con ella la paz del alma11. Los griegos tenían varias palabras para esa tranquilidad, y la más conocida hoy es ataraxia. Conviene no confundirla con la meta, porque es lo que notas y no lo que persigues.

Pasa como con un fuego: encenderlo bien es la virtud, el fuego encendido es la vida lograda y el calor que da es la calma. Nadie fabrica el calor por separado, porque sale del fuego. Por eso quien espera la calma sin hacer nada que la produzca suele quedarse esperando.

Si hubiera que decirlo en una línea, sería esta: la eudaimonia es la vida bien vivida; la virtud es cómo se vive bien; la calma es lo que notas cuando lo haces.

Qué mirar distinto esta noche

No hace falta cambiar de vida para empezar. Basta con cambiar una pregunta. Esta noche, antes de dormir, repasa tu día y separa dos cosas: lo que te tocó y lo que hiciste tú.

Lo que te tocó es el atasco, el elogio, la llamada que salió bien o mal. Eso fue suerte, buena o mala, y no dependía de ti. Lo que hiciste tú es cómo respondiste a cada una de esas cosas. Eso es lo que cuenta en una vida lograda.

Un ejemplo: te cancelan una cena que esperabas con ganas. Eso te tocó. Lo que hiciste tú fue cómo lo tomaste y en qué empleaste ese rato. Se trata de ver, sin adornos, qué parte fue tuya.

La próxima vez que apagues el motor y te quedes con las manos en el volante, delante de la puerta de siempre, no hace falta que te preguntes cómo te sientes. Esa respuesta cambia cada mañana. Pregúntate qué hiciste ayer con lo que estaba en tus manos. Con esa pregunta medían los estoicos una vida, y puedes contestarla cada día.

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Notas

  1. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 102.
  2. Séneca, De la vida bienaventurada, capítulo 3.
  3. Séneca, De la vida bienaventurada, capítulo 4.
  4. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 104 a 106.
  5. Marco Aurelio, Meditaciones, libro VIII, 1.
  6. Séneca, De la vida bienaventurada, capítulo 9.
  7. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 74.
  8. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 9.
  9. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 127.
  10. Aristóteles, Ética a Nicómaco, libro I, 4.
  11. Séneca, De la vida bienaventurada, capítulo 3.