Dos viajeros van a Canopo, una ciudad de Egipto cerca de Alejandría. A uno le quedan todavía cien estadios, unos dieciocho kilómetros. Al otro le queda uno solo, menos de doscientos metros. ¿Quién ha llegado?

Para los estoicos, ninguno de los dos. Así lo cuenta Diógenes Laercio, que hacia el siglo III después de Cristo reunió lo que enseñaban los filósofos antiguos: al que le falta mucho y al que le falta poco les pasa lo mismo, que todavía no están donde querían estar1. Con esa imagen explicaban algo de la vida buena: o actúas bien del todo, o todavía no has llegado, aunque te falte muy poco.

Es una doctrina dura. Según ella, o eres sabio o no lo eres, y casi ninguno de nosotros lo es.

Nos lo preguntamos todos la primera vez que oímos hablar del sabio estoico: si nadie llega, ¿de qué sirve? Parece una meta inútil. Y sin embargo esa dureza es justo lo que da sentido a la otra figura, la que de verdad nos importa: la del que avanza.

Quién es el sabio estoico

El sabio, sapiens en latín, es la figura ideal del estoicismo: alguien que vive con virtud sin fallar nunca. La virtud, para los estoicos, era actuar bien: con buen juicio, con justicia, con valor y con medida2. El sabio lo haría siempre, en cualquier circunstancia, sin un solo mal día.

No es un gurú ni alguien que lo sabe todo. Es un ideal casi nunca realizado, la vara con la que la escuela medía a todos los demás, como el metro con el que se comprueba si una regla está bien hecha.

Séneca, el filósofo romano, se lo pregunta sin adornos: ¿dónde se va a encontrar a ese hombre, al que han buscado todos los siglos? Y se responde que, a falta de él, por bueno hay que tener al que no es muy malo3. Es decir, el sabio perfecto casi no existe, y lo razonable es valorar a quien se aleja de lo peor.

Eso dice mucho de Séneca. Ponía el listón donde casi nadie llega, y después medía con generosidad a los que lo intentan. Las dos cosas caben juntas, porque el listón alto dice hacia dónde ir, y la generosidad permite seguir andando.

Entender quién es el sabio cuesta poco. Lo que cambia las cosas es la otra palabra, la que nombra a casi todos los demás, y probablemente a ti.

Prokopton: el que avanza

Prokopton quiere decir el que avanza, el que progresa. La palabra la usa Epicteto, el maestro estoico que había sido esclavo, al empezar la lección que dedica al progreso4. Es la figura central del estoicismo aplicado: quien camina hacia el sabio fallando, examinándose, corrigiendo y volviendo a empezar. Si practicas el estoicismo, ese eres tú.

Y ese era también Séneca. Lo dice él mismo, hablando de sí: «no exijo de mí ser igual que los mejores, sino mejor que los malos: me basta con podar todos los días algo de mis vicios»5. Uno de los grandes de la escuela se describe como alguien que cada día se quita algún defecto, y no como alguien que ha llegado.

Piensa en un atasco. Alguien se te cuela y aprietas el claxon con la palma entera antes de pensarlo, otra vez. Con todo lo que has leído, piensas, ya no debería pasarte. Y te frotas la cara con la mano.

Ese pensamiento es el primer malentendido: creer que quien va camino de ser sabio ya no debería dudar, sentir ni alterarse. Séneca dice que el ser humano tiene una parte que siente los dolores y otra que razona y se mantiene firme, donde está su bien6.

El impulso no te descalifica. Lo que cuenta es lo que haces en los segundos siguientes.

Boya frente a la entrada de un puerto de piedra, con su reflejo ya dentro del puerto, imagen del progreso moral según Séneca.

Prokope: el progreso moral

El camino también tiene nombre: prokope, el progreso moral. Es la mejora lenta de uno mismo hacia la virtud, y no va en línea recta.

Séneca lo describe con una imagen del mar. Quien todavía está lejos de la perfección, aunque haya avanzado y tenga buenas intenciones, sube y baja a sacudidas, como un barco en el oleaje7.

De los que ya están muy cerca dice que no han desembarcado todavía, pero ya están dentro del puerto8. Es decir, el progreso tiene grados, y el último tramo también cuenta.

En otra carta añade dos avisos. En este camino no hay descanso: en cuanto nos paramos, retrocedemos. Y aunque nos quede más camino del que hemos recorrido, ya es un gran adelanto querer avanzar9. Las dos cosas juntas dicen algo útil: no hace falta ver la meta para que el paso de hoy cuente.

Lo que no es: saber mucho de estoicismo

Sobre la mesilla hay tres libros de estoicismo apilados, con el marcapáginas a medio camino. Coges el de arriba, pasas el pulgar por el canto y lo vuelves a dejar. Has subrayado mucho. No sabes si te ha cambiado algo.

Es el segundo malentendido, y el más fácil de tener para quien lee: creer que progresar es saber mucho de estoicismo. Epicteto lo desmonta en la misma lección sobre el progreso. Haber leído mucho no es progresar, dice, porque el progreso se mide por lo que la virtud produce en uno, y no por los libros que ha entendido10.

Y lo explica con un ejemplo de gimnasio. Si le pides a un atleta que te enseñe sus progresos, no te enseña las pesas: te enseña sus hombros11. Con el estoicismo pasa lo mismo. Lo que has leído son las pesas, y lo que cuenta es lo que esas lecturas han hecho en ti.

Por eso lo que te mide no es lo que has subrayado, sino lo que hiciste en el atasco.

Qué mirar distinto hoy

Elige hoy una sola cosa que podar: una respuesta que te sale sola, una queja, un juicio rápido sobre alguien. Solo una. Cuando aparezca, esta vez no la sigas. No hace falta anotarlo ni ponerle nota al día, y si hoy no sale, mañana tendrás otra ocasión.

Un ejemplo: tienes la costumbre de contestar con un suspiro cuando te piden algo en casa. Esa es la rama que toca podar. Cuando notes que el suspiro viene, contesta sin él. Eso es todo, y eso es progresar.

Es lo que hacía Séneca, según cuenta él mismo: podar cada día algo de sus vicios5. No todo de golpe, sino algo cada día.

Vuelve a los dos viajeros de Canopo. Ninguno ha llegado, ni el que está a cien estadios ni el que está a uno. Tampoco han llegado Séneca, podando sus vicios, ni tú, con la mano en el claxon en mitad del atasco. Lo que cuenta, en todos esos casos, es seguir andando: cada día que avanzas estás un poco más cerca que ayer.

Avanzar un día detrás de otro es más fácil con método y con compañía. Para eso he diseñado el curso «Construye tu fortaleza interior».

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Notas

  1. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 120.
  2. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 102.
  3. Séneca, De la tranquilidad del ánimo, capítulo 7.
  4. Epicteto, Disertaciones, libro I, 4.
  5. Séneca, De la vida bienaventurada, capítulo 17.
  6. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 71.
  7. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 72.
  8. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 72.
  9. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 71.
  10. Epicteto, Disertaciones, libro I, 4.
  11. Epicteto, Disertaciones, libro I, 4.