Un paquete de galletas con la palabra «naturales» en grande. Lo tienes en la mano, en el pasillo del supermercado, y le das la vuelta para leer la etiqueta. Piensas que vivir conforme a la naturaleza debe de ser algo así: comer mejor y salir más al monte.

Es lo que la palabra nos sugiere a casi todos. Naturaleza es campo, aire limpio y comida sin aditivos. Y lo contrario es la oficina, el atasco y la pantalla.

Los estoicos, la escuela de filosofía que fundó Zenón en Atenas, no hablaban de eso. Y lo curioso es que esa fórmula, vivir conforme a la naturaleza, resume su filosofía entera. ¿Qué querían decir entonces?

Qué es vivir conforme a la naturaleza

Vivir conforme a la naturaleza es vivir según la propia esencia humana, que es racional. Para los estoicos era el fin último de la vida, el telos, y era lo mismo que vivir con virtud. No es una vuelta al campo. Es usar bien lo que te hace humano: el raciocinio.

Merece la pena explicar dos palabras que acaban de salir. El fin último es aquello a lo que apunta una vida entera, lo que buscas por sí mismo y no para conseguir otra cosa. Y la virtud, para los estoicos, era actuar bien: con buen juicio, con justicia, con valor y con medida1. Así que la fórmula dice, en el fondo, que vivir bien es usar bien la cabeza.

Diógenes Laercio, que hacia el siglo III después de Cristo reunió lo que enseñaban los filósofos antiguos, cuenta que el primero en decirlo fue Zenón: el fin es vivir conforme a la naturaleza, que es lo mismo que vivir según la virtud, porque la naturaleza nos lleva a ella2. Después repitieron la fórmula otros maestros de la escuela.

Crisipo, el tercer director de la escuela, que ordenó por escrito su doctrina, añadió un matiz importante: nuestra naturaleza es parte de la naturaleza del todo3. Es decir, hay dos naturalezas en juego. Una es la tuya, la de un ser que razona. La otra es la del mundo entero, del que formas parte.

Eso cambia la manera de mirar. No estás fuera del mundo, observándolo desde una ventana: eres una parte de él, como lo son los demás. Y lo que es bueno para una parte no puede ir contra el conjunto del que depende.

Séneca, el filósofo romano, lo dejó en una pregunta con su respuesta: «¿Cuál es el soberano bien del hombre? Conducirse según la voluntad de la naturaleza»4. Por soberano bien entiende lo mejor que una persona puede tener o hacer. Y un poco antes, en la misma carta, dice que la razón es una imitación de la naturaleza.

Fíjate en la palabra que se repite: razón. Para los estoicos, lo natural en un ser humano no es el instinto, sino razonar. Lo explica Diógenes Laercio: a los seres que razonan se les dio la razón como guía, para dirigir sus impulsos5. Por eso, en una persona, vivir según la razón es vivir conforme a la naturaleza.

Aquí puede parecer que los estoicos cambian de respuesta. Unas veces dicen que el fin es vivir conforme a la naturaleza, otras vivir según la razón y otras vivir con virtud. Pero no se contradicen: son tres nombres para el mismo fin, y se unen en tres pasos.

Primero, el fin es vivir conforme a la naturaleza. Es la fórmula de Zenón2.

Segundo, lo propio de la naturaleza humana es razonar. La razón se nos dio para guiar los impulsos, así que vivir según la razón es vivir conforme a la naturaleza5.

Tercero, la virtud es la razón cuando funciona bien. Diógenes Laercio la define como una disposición del alma acorde con la razón6. Para los estoicos, la virtud no era algo distinto de la razón: era la razón sin errores de juicio.

Ojo, porque no vale cualquier razonamiento: también razona quien planea una estafa. Los estoicos hablaban de la razón recta, la que juzga bien7, y esa razón recta es precisamente la virtud. Por eso vivir según la razón recta y vivir con virtud son la misma cosa.

Una gota detenida en el aire a mitad de caída bajo un grifo de hierro, imagen del instante entre el impulso y la respuesta, la razón que dirige los impulsos según los estoicos.

 

Lo que no es: ni el campo ni el impulso

El primer malentendido ya lo hemos visto: entender naturaleza como campo, comida natural y vida sin pantallas. Para los estoicos, la naturaleza que importa es la tuya, que razona, y la del mundo del que formas parte. Por eso, para ellos, una conversación bien llevada es tan natural como un bosque: en el bosque cada árbol crece como le corresponde, y en la conversación una persona usa la cabeza como le corresponde.

El segundo malentendido es más fino. En un atasco, alguien se te cuela. Aprietas el claxon con la palma entera antes de pensarlo. Luego te dices que es humano, que es lo natural.

Ahí está la trampa. Para los estoicos, lo natural en un ser humano no es dejarse llevar por el impulso, sino que la razón lo dirija5. El claxon fue el impulso. Lo propio de ti, decidir si pitar y cómo, venía después, y esta vez no llegó a tiempo.

Piensa en cuántas veces al día pasa esto: un correo, una respuesta en casa, un comentario que no era para tanto. Cada vez hay un impulso, y cada vez queda un pequeño hueco antes de actuar.

Eso no quiere decir que el impulso esté mal. El impulso es como un aviso: te dice que algo te importa. Lo que hace humana tu respuesta es lo que decides hacer con ese aviso antes de que actúe la mano.

Ergon: la función propia de un ser humano

Para esto hay una palabra griega, ergon, que quiere decir la función propia: lo que algo hace por ser lo que es. La idea viene de antes de los estoicos. Platón y Aristóteles la explicaban con ejemplos como el del ojo, cuya función es ver8. Para los estoicos, la función de un ser humano es usar bien la razón.

Marco Aurelio, el emperador romano que escribía notas para sí mismo, lo pensaba mirando alrededor. Veía los arbolitos, los pájaros, las hormigas, las arañas y las abejas, cada uno esmerándose en su labor, y se preguntaba si él no iba a querer hacer la suya, la de un hombre9.

En los días en que le costaba levantarse, se lo recordaba así: «Por la mañana, cuando te resista levantarte, ten presente este pensamiento: me levanto a hacer la obra propia del hombre»10. Para él no era un empujón para madrugar, sino un recordatorio de para qué se levantaba: para pensar y actuar bien ese día.

Esa función tiene dos caras, y Séneca lo recuerda: la naturaleza nos hizo para la acción y para la contemplación11. Es decir, para hacer y para pensar, las dos cosas a la vez. Usar bien la razón no es solo pensar bien, sino también hacer bien lo que te toca.

Qué mirar distinto hoy

Cuando notes un impulso, como contestar a la primera, tocar el claxon o cortar a alguien que habla, deja que pase un segundo y hazte una pregunta: ¿esto lo decide el impulso o lo decido yo? No se trata de no sentir el impulso, sino de que la razón llegue a tiempo.

Un ejemplo: te llega un mensaje con un tono que no te gusta, y el impulso es responder ya. Lo propio de ti es leerlo dos veces y decidir una respuesta que no tengas que corregir después.

Eso es, en pequeño, lo que contaba Diógenes Laercio de los estoicos: que la razón se nos dio para dirigir los impulsos5. Y eso es vivir conforme a la naturaleza.

Puedes seguir comprando las galletas naturales y saliendo al monte, porque las dos cosas están bien. Pero lo que los estoicos llamaban vivir conforme a la naturaleza no está en la etiqueta del paquete. Está en lo que haces con la cabeza en el pasillo del supermercado, en el atasco y en la cocina de tu casa.

Entender la fórmula lleva un rato. Practicarla en tu trabajo y en tu casa, cada vez que llega un impulso, lleva bastante más. Para eso he diseñado el curso «Construye tu fortaleza interior».

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Notas

    1. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 102.
    2. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 87.
    3. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 87.
    4. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 66.
    5. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 86.
    6. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 89.
    7. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 88.
    8. Platón, República, libro I, 352-353; Aristóteles, Ética a Nicómaco, libro I, 7.
    9. Marco Aurelio, Meditaciones, libro V, 1.
    10. Marco Aurelio, Meditaciones, libro V, 1.
    11. Séneca, Del ocio, capítulo 5.