Cornelia, una romana de familia ilustre, había perdido a sus hijos, entre ellos a Tiberio y a Cayo Graco, dos políticos a los que mataron. Cuando la gente se acercaba a compadecerla, ella no lo aceptaba. Les contestaba que nunca dejaría de llamarse dichosa por haber dado la vida a los Gracos1.

Séneca, el filósofo romano, la pone como ejemplo en una carta de consuelo. No lo hace porque Cornelia fuera fría. Lo hace porque, en medio del dolor, seguía en pie y no quería que la miraran como a una víctima.

Esa escena incomoda, y conviene decirlo. Nos han enseñado que compadecer es sufrir con el otro, y que si no nos hundimos con él es que no le queremos bastante.

Los estoicos, la escuela de filosofía griega y romana de Séneca, Epicteto y Marco Aurelio, pensaban distinto, sobre todo en qué hacer. ¿Qué se hace con el dolor de los demás?

Ellos separaban dos cosas: lo que sientes cuando alguien sufre, y lo que haces con ello. De eso va la compasión estoica. Aquí vamos a ver qué decían, con qué se confunde y por qué Séneca, leído entero, describe a alguien que ayuda más, y no menos.

Qué significa compasión: socorrer sin sufrir con el otro

Para los estoicos, lo que cuenta ante el dolor ajeno es la ayuda que se da con el ánimo entero: socorrer sin hundirse con el otro. La palabra «empatía», que es de hoy, no existía. En su vocabulario había otra, misericordia, y conviene entender qué querían decir con ella.

Diógenes Laercio, que hacia el siglo III reunió lo que enseñaban los filósofos antiguos, cuenta que los estoicos definían la misericordia como un dolor por quien sufre males sin merecerlos, y que la ponían entre las pasiones2.

Las pasiones eran, para ellos, las emociones que nos arrastran y nublan el juicio, como el miedo o la ira.

Por eso la misericordia no era una virtud. Era una pena que se contagia y no deja pensar bien.

Séneca lo dice más crudo. Muchos, escribe, tienen la misericordia por virtud y llaman bueno al que se compadece, pero es un vicio del ánimo3: el del ánimo débil que se hunde ante el mal ajeno4.

La define como el dolor que produce ver la desgracia de otro, y dice que ese dolor no alcanza al sabio, que era para los estoicos la persona ideal5.

Suena frío. Pero Séneca no se para ahí, y lo que viene después es lo importante. El sabio no se compadece, porque para eso tendría que volver desdichada su propia mente.

Y, sin embargo, hace todo lo que hacen los compasivos, de buena gana, aunque con otro ánimo6. Es decir, hace lo mismo que el que se compadece, y lo único que no hace es hundirse.

Lo que no es: el estoico no es frío

Piensa en esta escena. Estás en la habitación del hospital, visitando a un amigo de tu edad que se ha puesto muy enfermo.

Te sientas en el borde de la silla y miras el gotero. No sabes qué decirle, y te quedas callado. Y piensas que, si no te derrumbas con él, es que no le quieres bastante.

Ese es el primer malentendido: creer que el estoico, como no se hunde, tampoco se acerca. ¿Y entonces qué hace? Séneca escribió una lista que conviene leer entera.

El sabio, dice, secará las lágrimas de otros sin llorar él. Tenderá la mano al náufrago, dará casa al desterrado y dinero al necesitado. Y no esa limosna que se tira con asco para quedar bien, sino la que se da de persona a persona7.

Y sigue: devolverá el hijo a la madre que llora, soltará al esclavo, sacará al gladiador de la arena y enterrará al condenado, con el ánimo tranquilo y la cara serena8. Nunca será misericordioso, concluye, pero sí bueno y útil, porque ha nacido para ayudar a todos9.

Epicteto, el maestro estoico que había sido esclavo, lo lleva a una casa. Un padre le cuenta que su hija pequeña se puso muy enferma y que él se marchó porque no soportaba verla.

Epicteto le hace ver que eso no era amor. Si la madre, la nodriza y todos los que querían a la niña hubieran hecho lo mismo, se habría quedado sola10.

Así que el que quiere de verdad es el que se queda en la silla, aunque no sepa qué decir. Irse a llorar al pasillo puede parecer más cariñoso, pero no acompaña.

Lo que tampoco es: sufrir con el otro no es ayudar

El segundo malentendido es el de la gente que quiere bien: creer que compadecer es sufrir con el otro, y que ese sufrimiento es lo que ayuda.

Otra escena. Tu madre llora por teléfono por algo pequeño. Acabas llorando también, de pie en el pasillo, con la frente apoyada en la pared. Y cuelgas sin haber dicho nada útil.

¿Por qué no ha servido de nada? Séneca lo explica. La misericordia, dice, mira la desgracia y no la causa, mientras que la clemencia, la moderación del que puede castigar, va unida a la razón11.

Con «la causa» se refiere a si la desgracia o el castigo son merecidos: pone el ejemplo de unas ancianas que lloran por los peores criminales. La lástima sola se queda en la pena, y no se pregunta qué ha pasado ni qué conviene hacer.

Y añade una imagen: del agua revuelta nunca sale nada limpio. La tristeza no sirve para ver bien las cosas, ni para calcular lo que conviene, ni para juzgar lo justo12. Cuando lloras con tu madre, tu cabeza se nubla igual que la suya, y nadie queda en condiciones de pensar qué hacer.

Tiene además una comparación que escuece: llorar porque otro llora es señal de ojos débiles, como bostezar cuando otro bosteza13. No lo dice para burlarse. Lo dice porque el llanto contagiado es un reflejo, igual que el bostezo, y un reflejo no ayuda a nadie.

Epicteto dice lo mismo desde el lado del que acompaña. Cuando veas a alguien deshecho porque ha perdido algo, dice, recuerda que no le hunde lo que ha pasado, sino cómo lo está viendo, y haz lo que puedas por sacarle de esa forma de verlo.

Y acompáñale en el gesto, incluso lamentándote con él si hace falta, pero cuida de no acabar triste de verdad por dentro14.

Algunas traducciones antiguas dicen ahí «fingirás estar triste», y suena a engaño. Lo que pide Epicteto es otra cosa: que acompañes con palabras y con el gesto, sin hundirte por dentro, para poder ayudarle a ver las cosas de otra manera.

Es la cabeza la que va a hacer algo útil cuando el otro no pueda.

Piedad, misericordia, compasión: qué quiere decir cada palabra

Conviene aclarar las palabras, porque aquí se cruzan tres. Misericordia es la que usan las traducciones antiguas de Séneca. Compasión es la nuestra. Y piedad va aquí como sinónimo de compasión, no en el sentido religioso que tiene en otros textos.

Lo que los estoicos pedían tiene otro nombre: ayuda. ¿Admitían alguna forma de compasión? Sí, una: la que se dirige al que obra mal.

Epicteto dice que castigar con saña al que obra mal es como castigar a un ciego por no ver. Su mayor desgracia ya es su error, y lo que merece es lástima, no odio15.

Marco Aurelio, el emperador romano que escribía notas para sí mismo, lo repite: a veces lo que hacen los demás merece lástima, porque el que no distingue el bien del mal está tan ciego como el que no distingue el blanco del negro16.

Es lo que los griegos llamaban amathia, creer que se sabe lo que no se sabe, mirada con lástima en lugar de con rabia. Esa lástima no es el dolor que el sabio evita: es una forma de mirar al que se equivoca sin odiarle, fijándose en la causa de su error.

Y había una última cara: no pedirla para uno mismo. Marco Aurelio se pedía aguantar la fatiga sin sentirse desgraciado y sin buscar compasión ni admiración17.

Epicteto cuenta el caso de un hombre que lo había perdido todo y le pidió una carta de recomendación. Epicteto la escribió en tono lastimero, y el hombre se la devolvió: quería ayuda, no compasión18.

Remo larguísimo tendido desde una roca firme hasta un tablón que flota en un mar agitado, imagen de Séneca: ofrecer la mano al náufrago con el pie en tierra firme.

Qué mirar distinto hoy

La práctica de hoy cabe en la próxima llamada difícil. Cuando alguien que quieres te cuente lo que le pasa, haz dos cosas, y solo dos.

Primero, escucha entero, sin interrumpir y sin adelantar tu pena a la suya. Segundo, antes de colgar, haz una sola cosa útil: una pregunta concreta, una gestión, un rato fijado para veros.

Si notas que te hundes con él, no te lo reproches: es lo que Séneca comparaba con los ojos débiles que lloran al ver llorar. Pero no lo confundas con querer. Respira, vuelve a lo que puedes hacer y hazlo. Eso es lo que el otro necesita de ti.

Vuelve a la habitación del hospital. Sigues en el borde de la silla, mirando el gotero, sin saber qué decir. No le quieres menos por no hundirte con él. Quedarte, con la cabeza en su sitio, es justo lo que te permite preguntarle qué necesita y hacerlo.

Separar la ayuda del dolor contagiado se entiende en una tarde. Hacerlo en la próxima llamada lleva más, y para eso he diseñado el curso «Construye tu fortaleza interior», para llevar estas ideas a nuestro día a día.

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Notas

  1. Séneca, Consolación a Marcia, 16.
  2. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 111.
  3. Séneca, De la clemencia, libro II, 4.
  4. Séneca, De la clemencia, libro II, 5.
  5. Séneca, De la clemencia, libro II, 5.
  6. Séneca, De la clemencia, libro II, 6.
  7. Séneca, De la clemencia, libro II, 6.
  8. Séneca, De la clemencia, libro II, 6.
  9. Séneca, De la clemencia, libro II, 6.
  10. Epicteto, Disertaciones, libro I, 11.
  11. Séneca, De la clemencia, libro II, 5.
  12. Séneca, De la clemencia, libro II, 6.
  13. Séneca, De la clemencia, libro II, 6.
  14. Epicteto, Enquiridión, 16.
  15. Epicteto, Disertaciones, libro I, 18 y libro I, 28.
  16. Marco Aurelio, Meditaciones, libro II, 13.
  17. Marco Aurelio, Meditaciones, libro IX, 12.
  18. Epicteto, Disertaciones, libro I, 9.