Tu hija llega tarde otra vez. Estás en el salón, con el reproche preparado y la razón de tu parte, y aprietas el mando de la tele con la mano. Lo aflojas antes de abrir la boca. Todavía no has dicho nada.

Ese medio segundo, con la razón de tu lado y la mano aflojando, es un momento por el que pasamos todos. Tienes el poder de castigar y lo estás conteniendo. ¿Es eso debilidad, o es otra cosa?

Los estoicos, la escuela de filosofía griega y romana de Séneca, Epicteto y Marco Aurelio, tenían un nombre para eso: clemencia. Séneca, el filósofo romano, le dedicó un libro entero. Aquí vamos a ver qué significaba, con qué se confunde y qué la separa del perdón, porque se parecen, pero no son lo mismo.

Qué significa clemencia: el poder que se contiene

Clemencia es la moderación del que tiene poder para castigar. Así la define Séneca, que añade otra forma de decirlo: la indulgencia del que está por encima con el que está por debajo, a la hora de poner un castigo1. En latín la llamó clementia, que es el título de su libro.

Fíjate en la palabra que elige: moderación. Séneca no pide renunciar al castigo, sino medirlo. Luego recoge otra definición, la que se usa en la calle y la que da hoy el diccionario: la clemencia rebaja algo del castigo que alguien se merecía2.

Séneca dice que esa definición se acerca mucho a la verdad, pero que tiene un problema: ninguna virtud le da a nadie menos de lo que le corresponde2. Si la clemencia es una virtud, no puede dar menos de lo que pide la justicia. Cómo resuelve ese choque lo veremos al llegar al perdón.

Esto tiene una consecuencia práctica. La clemencia solo existe cuando ya tienes derecho a castigar. Si nadie ha hecho nada malo, no hay nada que contener.

Para Séneca, además, es una virtud, y no un rasgo blando del carácter. Ninguna, dice, le va tanto al ser humano, porque ninguna es más humana. Y eso lo admiten los estoicos, que ven a la persona como un ser hecho para vivir con otros y buscar el bien común3.

Lo que más sorprende es a quién se la exige. Clemente, dice Séneca, no es el que perdona con facilidad las ofensas que sufren otros, sino el que, ofendido él mismo, no se deja llevar por la ira4.

A todos nos resulta fácil ser generosos con lo ajeno. La clemencia se mide cuando la ofensa es contra ti, como en el salón.

Lo que no es: la clemencia no es debilidad

Piensa en esta escena. Alguien de tu equipo falla por tercera vez la misma entrega. Para no ser el malo, no dices nada y la rehaces tú en casa, en la mesa de la cocina, con el portátil entre los platos. Te dices que eres comprensivo.

¿Era clemencia lo de la cocina? Ese es el malentendido más común: creer que la clemencia es dejarlo pasar o perdonar a todos. Séneca lo corta de raíz.

El que no sabe, dice, cree que lo contrario de la clemencia es la severidad, y se equivoca, porque una virtud nunca es contraria de otra. Lo contrario de la clemencia es la crueldad, que es la dureza del ánimo al castigar5.

Y avisa de dos errores que se parecen mucho a dos virtudes. Pegada a la severidad está la crueldad.

Pegada a la clemencia está la misericordia, que aquí quiere decir una compasión mal llevada: la lástima que te hace ceder en lo que no debes6. Uno puede caer en la crueldad creyendo que es severo, y en esa lástima creyendo que es clemente.

Por eso no se perdona a ciegas. Si deja de haber diferencia entre el que obra bien y el que obra mal, dice Séneca, todo se confunde y lo malo se extiende. Tanta crueldad puede haber en perdonar a todos como en no perdonar a nadie7.

Así que en la cocina, con el portátil entre los platos, no estabas siendo clemente. Estabas cayendo en esa lástima que te hace ceder: tú cargas con el trabajo, y tu compañero se queda sin saber qué ha hecho mal.

La clemencia le habría dicho con calma lo que falla, para que la próxima entrega salga bien.

Lo que tampoco es: no es cosa de reyes

Séneca escribió su libro para Nerón, el joven emperador del que era consejero, y de ahí viene el segundo malentendido: creer que la clemencia es cosa de reyes y de jueces. Pero casi todos tenemos poder sobre alguien: sobre un hijo, sobre alguien de nuestro equipo, sobre quien nos debe algo o nos ha ofendido.

La regla para todos está en otro libro suyo, sobre la ira, y es de una sola línea: el que te ofende es más fuerte o más débil que tú; si es más débil, perdónale, y si es más fuerte, perdónate8.

Con «perdónate» quiere decir que te ahorres la pelea, porque enfrentarte a quien te supera solo te traería más daño.

Marco Aurelio, el emperador romano que escribía notas para sí mismo, lo bajaba al día a día. Si se deja, corrige al que se equivoca, se decía; y si no se deja, acuérdate de que para eso se te dio la benevolencia, la buena disposición hacia los demás9. Algunas traducciones antiguas ponen ahí «clemencia».

Y lo resume en una frase: «Los hombres han nacido los unos para los otros: enséñales o sopórtalos»10. Es decir, ante el que se equivoca tienes dos caminos: enseñarle, si puede aprender, o aguantarle con paciencia si no. En ninguno de los dos aparece la venganza.

Rama partida de un almendro, vendada con lino y con hojas verdes mientras el árbol está desnudo, imagen de Séneca: perdonar al culpable como se cura un miembro propio.

Clemencia y perdón: qué los separa

Ahora podemos ver lo que da título al artículo. Séneca dice que, en rigor, el sabio no perdona. El sabio era para los estoicos la persona ideal, la que siempre obra bien. Y perdonar, explica Séneca, es quitar un castigo que se merecía, es decir, dejar de hacer algo que se debía hacer11.

¿Es entonces el sabio implacable? Tampoco. Séneca dice que llega a lo mismo que el que perdona, pero por un camino más honroso: tolera, aconseja y corrige11. La diferencia está en cómo decide la pena.

El que perdona piensa: «te mereces este castigo, pero te lo quito». El sabio, en cambio, mira el caso entero: quién es esa persona, por qué lo hizo y si puede cambiar.

Con eso decide qué pena es justa. No se guía por la letra de la norma, sino por lo que es justo y bueno en ese caso12.

A veces la pena justa es la que marca la norma. A veces es menor. Y a veces es ninguna: al joven que todavía puede enmendarse, dice Séneca, el sabio le reprende sin castigarle, y al que actuó engañado le libra del castigo12.

Pero cuando le deja ir, no le perdona, porque no le quita nada que le correspondiera: ha decidido que, en ese caso, no le correspondía más. Por eso Séneca ve la clemencia más completa que el perdón12.

Y así se resuelve el choque del principio: la clemencia no da menos de lo justo, sino que decide qué es lo justo en cada caso.

Él mismo admite que es una discusión de palabras: en la práctica, el clemente y el que perdona hacen lo mismo12. Lo que importa es la idea: la clemencia no hace como si no hubiera pasado nada. Mira lo que ha pasado y decide una respuesta medida, que sirva para que el otro mejore.

Esto ayuda a entender una frase dura de Diógenes Laercio, que hacia el siglo III reunió lo que enseñaban los filósofos antiguos. Cuenta que, según los estoicos, el sabio no se compadece ni perdona a nadie, porque no rebaja las penas que ponen las leyes13.

Leída sola, suena a gente sin corazón. Leída con Séneca, se entiende así: el sabio nunca se salta la pena que él cree justa. Lo que añade Séneca es que esa pena justa se decide mirando el caso, y no solo la letra de la ley.

Séneca lo explica con una imagen de médico. Hay que tratar a los que fallan, incluso a los culpables, como se cuida un miembro enfermo del propio cuerpo.

Y si alguna vez hay que cortar, se hace con la mano contenida, para que el corte no vaya más hondo de lo necesario14. Lo que se busca es curar.

Y eso pide más fuerza, no menos. Un esclavo, una serpiente o una flecha pueden matar a un rey, dice Séneca; en cambio, para salvar a alguien hay que ser más poderoso que él15. Castigar está al alcance de cualquiera. Contenerse a tiempo exige dominarse.

Para mostrarlo, cuenta una historia de Augusto, el primer emperador de Roma. Descubrió que Cinna, un noble, conspiraba para matarle. En lugar de ejecutarlo, habló con él más de dos horas, le perdonó la vida y le dio el consulado, el cargo más alto de Roma. Cinna fue desde entonces su amigo más fiel16.

Séneca no es ingenuo con esto. Sabe que va a volver a pasar: hasta los más sabios fallan, y nadie es tan precavido que no caiga alguna vez en lo que quería evitar17.

El que te ofendió volverá a ofender, igual que otro le ofenderá a él. La clemencia cuenta con eso, y aun así elige la respuesta medida.

Qué mirar distinto hoy

La práctica de hoy cabe en el medio segundo del mando de la tele. La próxima vez que tengas el reproche listo y la razón de tu parte, haz dos cosas antes de hablar. Primero, aplaza el castigo si puedes, y si no puedes, modéralo, que es lo que Séneca pedía al que manda18.

Segundo, hazte la pregunta que él aconseja cuando cuesta perdonar: ¿te convendría a ti que nadie perdonara nunca19?

Hechas las dos cosas, corrige. Con las palabras que haga falta, pero corrige, porque eso es lo que la clemencia tiene de justicia.

Vuelve al salón. El reproche sigue ahí, la razón sigue siendo tuya, y la mano se ha aflojado sobre el mando. Tienes autoridad, y estás decidiendo cómo usarla. Cuando por fin hables, que sea para que tu hija entienda qué ha pasado, y no para que pague por tu enfado.

Saber qué separa la clemencia del perdón lleva una tarde. Ponerla en práctica en el próximo reproche lleva más, y para eso he diseñado el curso «Construye tu fortaleza interior», para llevar estas ideas a nuestro día a día.

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Notas

  1. Séneca, De la clemencia, libro II, 3.
  2. Séneca, De la clemencia, libro II, 3.
  3. Séneca, De la clemencia, libro I, 3.
  4. Séneca, De la clemencia, libro I, 20.
  5. Séneca, De la clemencia, libro II, 4.
  6. Séneca, De la clemencia, libro II, 4.
  7. Séneca, De la clemencia, libro I, 2.
  8. Séneca, De la ira, libro III, 5.
  9. Marco Aurelio, Meditaciones, libro IX, 11.
  10. Marco Aurelio, Meditaciones, libro VIII, 59.
  11. Séneca, De la clemencia, libro II, 7.
  12. Séneca, De la clemencia, libro II, 7.
  13. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 123.
  14. Séneca, De la clemencia, libro I, 5.
  15. Séneca, De la clemencia, libro I, 21.
  16. Séneca, De la clemencia, libro I, 9 y 10.
  17. Séneca, De la ira, libro III, 24, 25 y 27.
  18. Séneca, De la clemencia, libro I, 20.
  19. Séneca, De la ira, libro II, 34.