«Es un hombre de virtudes», dice alguien en la sobremesa, hablando de un primo, y la mesa entera se ríe. Tú sonríes también. Doblas la servilleta junto al plato y la dejas ahí. La palabra te suena a estampita de santo, a cosa de otra época.

Nos pasa a casi todos. Decimos «virtud» y pensamos en alguien pacato, que no hace ruido y no se mete en nada. Y, sin embargo, para los estoicos esa palabra nombraba lo único que de verdad importa en una vida. ¿Cómo se pasa de la estampita a eso?

Los estoicos fueron la escuela de filosofía que fundó Zenón en Atenas y que después siguió viva en Roma, con Séneca, Epicteto o Marco Aurelio. A la virtud la llamaban areté, que en griego quiere decir excelencia: la de un carácter que hace bien lo que le toca.

Aquí vamos a ver qué querían decir con ella, cuáles eran las cuatro virtudes principales y por qué sostenían algo que hoy suena raro: que quien tiene una virtud las tiene todas.

Qué significa areté: la excelencia del carácter

Areté significa excelencia del carácter, y en castellano la llamamos virtud. Para los estoicos era una manera de obrar bien que se ha hecho costumbre, y era además el único bien de verdad. Todo lo demás que solemos llamar bueno, como la salud, el dinero o la fama, quedaba fuera de esa palabra.

Diógenes Laercio, que hacia el siglo III reunió lo que enseñaban los filósofos antiguos, cuenta cómo la definían: una disposición del alma de acuerdo con la razón, que se elige por sí misma y no por miedo ni por esperanza de sacar algo1.

Merece la pena ir por partes. Una disposición es una manera de ser que se ha hecho costumbre, no un gesto suelto. Quien devuelve una cartera que se ha encontrado porque le pilló de buenas no la tiene todavía. Quien la devolvería siempre, sí.

«De acuerdo con la razón» quiere decir que esa persona sabe por qué lo hace. Y «por sí misma» quiere decir que no la mueve el miedo a un castigo ni la esperanza de un premio: la devuelve porque es lo que está bien.

De ahí sale la idea que más choca. Según Diógenes Laercio, Crisipo, el tercer director de la escuela, y Hecatón, otro maestro estoico, escribían que solo lo honesto es bueno, y que lo honesto es la virtud2. Con «lo honesto» se referían a lo moralmente bueno, lo que está bien hacer.

No es que la salud o el dinero no importen. Los estoicos decían que es razonable preferirlos a la enfermedad o a la pobreza3. Lo que decían es que no te hacen mejor ni peor persona. Eso depende de lo que hagas con ellos.

Marco Aurelio, el emperador romano que escribía notas para sí mismo, se ponía una prueba: si encuentras en la vida algo mejor que la justicia, la verdad, la moderación y la fortaleza, abrázalo con toda el alma4. Lo decía porque estaba convencido de que no lo iba a encontrar.

La prueba sirve igual hoy. Piensa qué pondrías tú por encima de esas cuatro. Verás que casi todo lo que se te ocurre, un buen sueldo o un buen nombre, se puede perder sin que tú seas peor persona por perderlo.

Las cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, coraje y templanza

La lista de Marco Aurelio se parece mucho a la de su escuela, aunque él pone la verdad donde los demás ponían la prudencia.

Si acabas de llegar al estoicismo, es probable que hayas oído hablar de cuatro virtudes. Según cuenta Diógenes Laercio, los estoicos distinguían unas virtudes primeras y otras que dependen de ellas5, y las primeras eran cuatro.

La primera es la prudencia o sabiduría práctica, saber qué toca hacer en cada situación. La segunda, la justicia, dar a cada uno lo suyo. La tercera es la fortaleza, lo que hoy llamamos coraje o valentía. Y la cuarta, la templanza, la medida en lo que apetece.

En un día normal se ven así. Prudencia es pensar antes de contestar un mensaje que te ha molestado. Justicia, repartir el trabajo del equipo sin cargar al que menos protesta. Coraje, decir en una reunión lo que todos piensan y nadie dice. Y templanza, parar en la segunda copa cuando te apetecía la cuarta.

De esas cuatro dependen otras más concretas, como la paciencia o la grandeza de ánimo, que es no achicarse ante lo difícil5. Cada una es una forma particular de alguna de las cuatro primeras.

Conviene decir que no todos los estoicos contaban igual. Diógenes Laercio recoge que unos hablaban de dos virtudes, otros de cuatro y otros de muchas, y que un discípulo de la escuela, Apolófanes, solo reconocía una, la prudencia6. El marco de las cuatro es el que se impuso, y es el que usamos aquí.

Cardo, la bisagra: de dónde viene «cardinales»

La palabra «cardinales» no la usaban los estoicos. Viene del latín cardo, que es el gozne o la bisagra de una puerta, la pieza sobre la que gira. Se les dio ese nombre más tarde porque toda la conducta gira sobre estas cuatro virtudes, igual que la puerta gira sobre su bisagra.

Antakolouthia: quien tiene una virtud las tiene todas

Ahora llega la idea que hoy suena más rara. ¿Por qué iba a necesitar un valiente ser también justo? Los estoicos sostenían que las virtudes van juntas, y que quien tiene una de verdad las tiene todas, porque comparten los mismos principios.

Lo decía Crisipo, entre otros maestros de la escuela, según cuenta Diógenes Laercio7. En griego lo llamaban antakolouthia, que quiere decir que las virtudes se acompañan unas a otras.

Séneca, el filósofo romano que escribió cartas a su amigo Lucilio para enseñarle a vivir, lo explica desde otro lado. La virtud es una sola, dice, y cambia de aspecto según lo que hace, pero deja su sello en todo lo que toca8.

Es decir, se trata de una misma manera de obrar bien, que recibe nombres distintos según el caso: delante de un peligro la llamamos valentía, y delante de un reparto, justicia.

Piensa en esta escena. Tu equipo se ha equivocado en un cálculo y, al preparar el informe para la dirección, cambias el dato para que no se note. Giras el bolígrafo entre los dedos antes de cerrar la carpeta, y piensas que lo has hecho por lealtad a tu gente.

Has sido leal, es verdad. Pero ¿has sido justo con quien va a leer ese informe y a tomar decisiones con él? Para los estoicos, una lealtad que no es justa no es virtud. Lo que hay ahí es un fallo, aunque lo llamemos con el nombre de una virtud.

Diógenes Laercio cuenta además que los estoicos no admitían grados. Entre la virtud y su contrario, el vicio, no hay término medio: igual que un palo es recto o está torcido, una cosa es justa o es injusta9. Es decir, un palo solo un poco torcido tampoco es recto.

Suena duro, y lo es. Pero tiene una ventaja práctica: nos quita la excusa de haberlo hecho casi bien, que es la que más usamos. Para ellos, ser casi justo era no serlo todavía, y eso no es una condena, porque se puede seguir aprendiendo.

Dos varas clavadas en la arena, una recta y otra torcida, con la sombra de la torcida recta, imagen de que entre la virtud y el vicio no hay término medio según los estoicos.

Lo que no es: ni moralina ni cosa de santos

El malentendido más común es el de la sobremesa del principio: creer que la virtud consiste en ser pacato, no hacer ruido y no molestar. Así nos la explicaron a muchos de pequeños, y areté no habla de eso.

La excelencia del carácter es una manera activa de obrar, y se ve en lo que haces, no en los defectos que no tienes.

Marco Aurelio lo dejó escrito para sí mismo: «No pierdas más tiempo discutiendo lo que debe ser un hombre bueno. Sélo»10. Lo que quería decir es que hablar de la virtud sirve de poco si no se practica. Un hombre bueno, para él, se reconocía por lo que hacía.

¿Y si uno no ha nacido así? Los estoicos sostenían que la virtud se aprende. Lo decían Crisipo y Cleantes, el segundo director de la escuela, según Diógenes Laercio, y lo probaban así: hay personas malas que se vuelven buenas11. Si la virtud viniera de nacimiento, eso no podría pasar.

Qué mirar distinto hoy

Lo que te propongo para hoy es pequeño. Piensa en una decisión del día en la que te hayas puesto un buen nombre: «he sido leal», «he sido firme», «he sido prudente». Después, pásala por las otras virtudes, con una pregunta para cada una.

Si dices que fuiste leal, pregúntate si también fuiste justo con quien no estaba delante. Si dices que fuiste firme, pregúntate si lo hiciste con medida o por cabezonería. Y si dices que fuiste prudente, pregúntate si en realidad era miedo a meterte.

Si la decisión aguanta las preguntas, era virtud. Si alguna falla, ya sabes qué te faltaba, y eso es lo que puedes cambiar la próxima vez. No hace falta escribirlo ni ponerte nota: basta con mirar una decisión concreta con las cuatro delante.

Vuelve a la sobremesa, a las risas por el primo «de virtudes». Puede que el primo no sea ningún santo. La próxima vez que alguien use esa palabra, piensa en una persona que hace lo que toca aunque le cueste, y que al hacerlo no deja a nadie fuera. Y mira si conoces a alguna.

Entender qué era la virtud para los estoicos lleva una tarde. Practicarla lleva más tiempo, y para eso he diseñado el curso «Construye tu fortaleza interior», para llevar estas ideas a nuestro día a día.

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Notas

  1. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 89.
  2. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 101.
  3. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 105 y 106.
  4. Marco Aurelio, Meditaciones, libro III, 6.
  5. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 92.
  6. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 92.
  7. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 125.
  8. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 66.
  9. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 127.
  10. Marco Aurelio, Meditaciones, libro X, 16.
  11. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 91.