Musonio Rufo, un maestro estoico romano, tiene delante a un rey que acaba de escucharle y de aplaudirle. Le ha gustado tanto lo que ha oído que le ofrece lo que quiera. Musonio no pide nada para sí. Pide una sola cosa: que el rey viva de acuerdo con lo que acaba de aplaudir1.
Fíjate en lo que hace Musonio. El rey creía que ya había cumplido aplaudiendo, y Musonio le dice que lo importante empieza ahora. A nosotros nos pasa lo mismo con las frases que nos gustan: las aplaudimos, las guardamos en el móvil y se las repetimos a otros. ¿Y luego qué?
Los estoicos, la escuela de filosofía griega y romana de Séneca, Epicteto y Marco Aurelio, tenían una palabra para ese «luego»: homologoumenos, que quiere decir «coherentemente». Aquí vamos a ver qué significaba, con qué se confunde y cómo se puede comprobar en un día normal.
Qué significa homologoumenos: vivir coherentemente
Homologoumenos es una palabra griega que significa «coherentemente», de acuerdo consigo mismo. Para los estoicos nombraba una vida en la que lo que piensas, lo que dices y lo que haces van en la misma dirección. Y era nada menos que la meta de la vida, lo que ellos llamaban el telos.
Diógenes Laercio, que hacia el siglo III reunió lo que enseñaban los filósofos antiguos, cuenta algo de Zenón, el fundador de la escuela.
Fue el primero en decir que el fin de la vida es vivir conforme a la naturaleza, y que eso es lo mismo que vivir según la virtud2. En el texto griego, ese «conforme» es precisamente homologoumenos.
Otro recopilador antiguo, Estobeo, que reunió textos de filósofos hacia el siglo V, cuenta que la fórmula de Zenón era más corta todavía: vivir coherentemente, sin más. Según él, fue Cleantes, el siguiente director de la escuela, quien le añadió «con la naturaleza»3.
Las dos fuentes no coinciden del todo: Diógenes Laercio pone «la naturaleza» ya en boca de Zenón, y Estobeo dice que la añadió Cleantes. En las dos, la coherencia está en el centro de la meta.
Séneca, el filósofo romano que escribió cartas a su amigo Lucilio para enseñarle a vivir, lo dice sin palabras griegas. La filosofía, escribe, enseña a obrar y no a hablar, y pide que las palabras estén en armonía con las acciones4.
Y en otra carta pone una imagen de taller. Acuñar es fabricar monedas apretando el metal contra un molde.
Séneca pide que lo que dices y lo que haces salgan como acuñados en el mismo molde, porque el ánimo no está derecho mientras las acciones se contradicen5. Si las palabras y los actos salen distintos, es que en ti hay dos moldes.
Coherencia: lo que no es, y lo que sí
El malentendido más común es confundir la coherencia con no cambiar nunca de opinión. Piensa en esta escena. En una reunión defiendes una decisión que ya sabes equivocada, porque la tomaste tú delante de todos y no quieres contradecirte. Cruzas los brazos y no te mueves.
¿Es eso coherencia? Para los estoicos, no. Cambiar de opinión cuando te dan una buena razón no rompe nada: lo que piensas y lo que haces siguen yendo juntos.
Lo que rompe la coherencia es decir una cosa y hacer otra. Y defender lo que ya no crees, solo por no quedar mal, es justo eso: decir algo que no piensas.
Séneca lo resume en una petición: que nuestra vida esté conforme con nuestras palabras. Y añade cómo se conoce a una persona: viendo si es siempre la misma, si lo que se le oye coincide con lo que se le ve6.
Eso es lo que miraban los estoicos, la distancia entre lo que dices y lo que haces, y no si has cambiado de idea.
Lo que tampoco es: ser estoico no es saber frases estoicas
Hay un segundo malentendido, y es el de quienes leemos sobre estoicismo: creer que ser estoico es saber frases estoicas. Epicteto, el maestro estoico que había sido esclavo, era muy duro con eso.
Decía que en una tormenta en el mar se ve si alguien tenía la doctrina o solo la recitaba. El que dice que naufragar no es un mal y se pone a gritar en cuanto cruje la vela, no la tenía.
Para él, estoico era el que está hecho según las frases de la escuela. Sabérselas no bastaba, porque se las sabe cualquiera. Y confesaba que no había visto ninguno7.
Ponía otra prueba más barata que una tormenta: la risa. Cualquiera sabe explicar qué es bueno, qué es malo y qué no es ni lo uno ni lo otro, decía.
Pero se descompone en cuanto alguien se ríe de él, porque lo dice con los labios y no lo vive8. Nos pasa a todos: una frase aguanta muy bien hasta que alguien se ríe de nosotros.
Otra escena. En la cocina le dices a tu hijo o a tu hija que lo que se empieza se termina. Y señalas la mochila con los deberes a medias.
Mientras lo dices, miras de reojo la bicicleta estática, con la ropa colgada encima. La frase es buena. El problema es que tú tampoco la estás cumpliendo.
Epicteto tiene una imagen de granja para esto: «Las ovejas no vomitan la hierba para mostrar cuánto han comido: la digieren, y producen lana y leche»9.
Quiere decir que lo que has aprendido no se demuestra repitiéndolo. Se demuestra en lo que produce en tu vida: en cómo tratas a los demás, en cómo aguantas y en lo que terminas.
Y avisaba de otro peligro, el de quedarse en la explicación. Crisipo fue el gran maestro que puso por escrito la doctrina de la escuela.
Quien encuentra a alguien que le explique bien los libros de Crisipo y se queda admirando la explicación, dice Epicteto, no se ha hecho filósofo: se ha hecho gramático, alguien que entiende muy bien los textos y no los practica10.
Séneca dice lo mismo de los maestros que viven al revés de lo que enseñan. Lo que explican no es suyo: es de Platón, el filósofo ateniense, de Zenón o de Crisipo. Y solo hay una manera de hacerlo propio, que es obrar como se habla11.
El examen de coherencia: una práctica de Epicteto con nombre nuestro
Lo llamamos examen de coherencia, y conviene decir que el nombre es nuestro: Epicteto describe la práctica sin ponerle nombre. Consiste en comparar lo que dices creer con lo que haces cuando te cuesta.
Él lo explicaba con un oficio. Al filósofo, decía, se le conoce como al albañil: por la obra.
Que miren cómo come, cómo bebe, cómo aguanta, cómo se contiene y cómo trata a los suyos, y que lo juzguen por eso12. En esa lista no hay ni una frase. Todo son cosas pequeñas que se hacen.
Y señalaba dónde se rompe la coherencia: en la puerta de la escuela. El que solo es filósofo dentro del aula, fuera traiciona, se vende o calla lo que es evidente.
No ha probado sus ideas con hechos13. Es decir, las ideas que no se practican se quedan en el aula y no salen a la calle con nosotros.
Qué mirar distinto hoy
La práctica de hoy es un examen de una sola pregunta. Elige una frase que repites a otros, a tus hijos, a tu equipo o a quien sea, y repasa el día con ella delante. ¿Dónde te tocaba cumplirla a ti, y qué hiciste?
No hace falta que la cumplas entera esta misma tarde. Basta con ver la distancia entre lo que dices y lo que haces, sin excusas y sin castigarte, igual que mirarías la obra de un albañil.
Si no hay distancia, sigue repitiendo la frase tranquilo. Si la hay, empieza por cerrarla tú: en la cocina, eso sería quitar la ropa de la bicicleta antes de volver a hablar de la mochila.
Vuelve a Musonio delante del rey. Lo que le pidió no se podía cumplir aplaudiendo, porque solo se cumplía viviendo de otra manera. Esa misma petición te la puedes hacer a ti con cada frase que te guste: que no se quede en el aplauso, y que se note en lo que haces mañana.
Ver la distancia entre lo que dices y lo que haces se entiende en una tarde. Cerrarla lleva años, y para eso he diseñado el curso «Construye tu fortaleza interior», para llevar estas ideas a nuestro día a día.
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Notas
- Musonio Rufo, Disertaciones, VIII.
- Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 87.
- Estobeo, Antología, libro II, 7, 6a.
- Séneca, Cartas a Lucilio, carta 20.
- Séneca, Cartas a Lucilio, carta 34.
- Séneca, Cartas a Lucilio, carta 75.
- Epicteto, Disertaciones, libro II, 19.
- Epicteto, Disertaciones, libro II, 9.
- Epicteto, Enquiridión, 46.
- Epicteto, Enquiridión, 49.
- Séneca, Cartas a Lucilio, carta 108.
- Epicteto, Disertaciones, libro III, 21, y libro IV, 8.
- Epicteto, Disertaciones, libro IV, 1.
