«Si tengo este miedo, no soy valiente». Lo piensas en el pasillo, con la mano en el picaporte del despacho de tu jefa. Tienes que decirle que el plazo no se va a cumplir. Notas el pulso en la muñeca.

Esa frase nos la hemos dicho todos alguna vez, delante de alguna puerta. Da por hecho que el valiente es el que no siente nada, y que si a ti se te acelera el corazón ya has perdido. ¿Puede uno temblar y ser valiente a la vez?

Los estoicos, la escuela de filosofía griega y romana de Séneca, Epicteto y Marco Aurelio, creían que sí, con un matiz importante que vamos a ver.

A la valentía la llamaban andreia, y en las traducciones antiguas suele aparecer como fortaleza. Aquí vamos a ver qué significaba, con qué se confunde y cuáles son sus dos contrarios, la cobardía y la temeridad.

Qué significa andreia: hacer lo que toca con el miedo delante

Andreia significa valentía, y para los estoicos era hacer lo que toca delante del peligro. No pedía que el cuerpo dejara de reaccionar: pedía que no fuera el miedo el que decidiera. Es una de las cuatro virtudes cardinales, junto a la prudencia, la justicia y la templanza1.

Lo que cambia es dónde se juega todo. Séneca lo explica en su libro sobre la ira. Palidecer, que tiemblen las rodillas o que se acelere el corazón son reacciones del cuerpo que llegan sin pedir permiso.

Por eso, dice, el hombre más valiente palidece al ponerse las armas, y al mejor general le late el corazón antes de la batalla2.

Para los estoicos, esa sacudida todavía no era miedo. El miedo empieza cuando le das la razón y piensas «esto es terrible, no puedo», y eso ya lo decides tú. La valentía estaba ahí, en el juicio, en lo que piensas del peligro.

Séneca, el filósofo romano que escribió cartas a su amigo Lucilio para enseñarle a vivir, lo explica así. El valiente sabe que lo único malo de verdad es obrar mal. Por eso puede mirar el peligro con firmeza y despreciar lo que los demás temen3.

Es decir, al valiente se le acelera el pulso como a cualquiera, pero ha revisado su lista de males. Perder el trabajo, quedar mal o recibir una bronca le parecen cosas duras, pero no males de verdad. Lo único que le parecería un mal es mentir o abandonar lo que le toca.

En otro libro, Séneca añade que la fortaleza es una ciencia: sabe cuándo hay que rechazar un peligro, cuándo hay que aceptarlo y cuándo hay que ir a buscarlo4. Por eso le parecía un error llamar valiente al gladiador. Se jugaba la vida en la arena para divertir al público, pero le faltaba ese saber.

Epicteto, el maestro estoico que había sido esclavo, da una regla que al principio parece contradictoria: hay que ser a la vez valiente y cauto5. Suena imposible, porque la cautela parece lo contrario del valor. Pero no chocan. Cada uno se aplica a una cosa distinta.

La cautela se pone en lo que depende de ti: lo que decides, lo que dices y lo que haces. Ahí es donde puedes equivocarte de verdad. El valor se pone frente a lo que no depende de ti: lo que piensen de ti, cómo reaccione otro, lo que pueda pasar.

El valor no está en esas cosas. Está en ti, en tu manera de juzgar y de decidir. Lo que está fuera es solo aquello a lo que te enfrentas.

Delante de la puerta de tu jefa, eso quiere decir cuidar mucho lo que vas a decir y preocuparte menos de cómo lo va a recibir ella.

Lo que no es: la valentía no es no temblar

El malentendido más común es el del pasillo: si me tiembla el pulso, no soy valiente. Y tiene un hermano: creer que valiente es el que busca el peligro. Séneca responde a los dos a la vez.

La fortaleza, dice, no es una temeridad sin pensar ni un gusto loco por el peligro: es saber distinguir lo que es un mal de lo que no lo es6.

Y añade un detalle que sorprende: la fortaleza cuida mucho de conservarse7. El valiente no se expone porque sí.

En otra carta, Séneca dice que el hombre bueno mira primero lo que debe hacer, y después lo que le va a costar8. Ese orden es lo importante: primero decide qué toca, y solo después cuenta el precio.

Para mostrarlo, Séneca cuenta una de las leyendas de Roma. Mucio Escévola, un joven romano, falló el golpe con el que quería matar a Porsena, un rey que estaba en guerra con la ciudad. Capturado, puso la mano en el fuego y la miró arder sin moverse, hasta que el propio Porsena mandó apagarlo9.

Séneca no lo cuenta para que admiremos el dolor. Lo cuenta como ejemplo de alguien para quien quemarse la mano pesaba menos que haber fallado a su ciudad. Según Séneca, Porsena le perdonó antes de que Mucio se perdonara a sí mismo10.

Tú no tienes que meter la mano en ningún fuego. Pero te toca la misma operación: antes de abrir la puerta, mirar qué parte de lo que temes es un mal de verdad.

Séneca lo dice en otra carta: «muchas veces ocurre que el ruido es mayor que el mal»11. Quiere decir que lo que tememos suele hacer más ruido en nuestra cabeza que daño cuando por fin pasa.

Y tiene una frase que explica por qué el miedo se nos hace tan grande: «No es porque las cosas sean difíciles por lo que no nos atrevemos; es porque no nos atrevemos por lo que las cosas son difíciles»12.

Muchas veces la dificultad está menos en la tarea que en el miedo a empezarla. Y cuanto más la aplazamos, más difícil nos parece.

Vara de madera que arde sobre un brasero sin acortarse, imagen de Mucio Escévola según Séneca y de la valentía estoica.

Deilia, la cobardía: dejar que el miedo decida

Para entender una virtud ayuda mirar sus contrarios. Aristóteles, el filósofo griego que fue maestro de Alejandro Magno, explicaba que la valentía está entre dos fallos: el que se queda corto, que es la cobardía, y el que se pasa, que es la temeridad13.

Los estoicos no usaban ese esquema, pero los dos fallos aparecen en sus textos.

El primero es la cobardía, que en griego se dice deilia: dejar que el miedo decida lo que no le toca decidir. Diógenes Laercio, que hacia el siglo III reunió lo que enseñaban los filósofos antiguos, cuenta que los estoicos la ponían entre los vicios principales14.

Marco Aurelio, el emperador romano que escribía notas para sí mismo, la llama con una palabra de soldado. Para él, deserta de su puesto quien por miedo deja de cumplir con lo que le toca15.

El cobarde hace lo mismo que el soldado que se va de su sitio en la batalla. Deja vacío el lugar donde le tocaba estar.

¿Dónde se nota la cobardía? Musonio Rufo, un maestro estoico romano que fue profesor de Epicteto, lo tiene claro: en lo que callamos. Lo que hace callar a la gente, dice, es el miedo a lo que les pueda pasar. El valiente dice lo que piensa esté donde esté16.

Piensa en esta escena. En la mesa de la cocina, con los platos ya recogidos, pones el móvil boca abajo y empiezas la conversación con tu pareja que llevas días aplazando. No hay nadie mirando, y nadie te va a llamar valiente por esto. Y, sin embargo, esto también es valentía, la de todos los días.

Thrasytes, la temeridad: el miedo que faltaba

¿Y el que no tiene miedo a nada? Ese es el otro fallo, la temeridad, en griego thrasytes: lanzarse sin la cautela que hacía falta.

Aristóteles describía al temerario como el que se pasa de confiado ante lo que da miedo13. Y Séneca lo retrata sin la palabra griega: es ese gusto loco por el peligro y por lo que todos temen6.

Séneca da además una distinción que lo aclara: lo que hay que desear no es sufrir, sino sufrir con fortaleza si llega el momento17. Es decir, nadie te pide que busques el golpe. Te piden que, si llega, lo aguantes sin dejar de hacer lo que toca.

El temerario se equivoca justo ahí: busca el peligro porque le hace sentirse valiente, y se olvida de mirar si ese riesgo sirve para algo.

Por eso la valentía estoica no se parece al héroe de película que se lanza contra todo.

Séneca la compara con un parapeto, el muro bajo que protege a los soldados, que nadie puede tomar: quien se refugia en él, dice, aguanta seguro los combates de la vida18. Un muro así no sale a buscar pelea. Sirve para que lo que venga no te derribe.

Qué mirar distinto hoy

Lo que te propongo para hoy cabe en un pasillo. Antes de una conversación o una decisión que te dé miedo, no intentes quitarte la sacudida del cuerpo, que no depende de ti. Hazte una pregunta sobre lo que te espera: ¿esto es un mal de verdad o solo lo parece?

Después separa lo que temes en dos grupos, como pedía Epicteto. Si lo que temes es que tu jefa se enfade o que la conversación salga mal, eso no depende de ti, y ahí toca el valor: lo aceptas y sigues.

Si lo que temes es mentir, o callar lo que tienes que decir, eso sí depende de ti, y ahí toca la cautela: lo cuidas.

Hecha la separación, abre la puerta. El pulso seguirá en tu muñeca, y no pasa nada: esa sacudida no es la que decide. Decides tú, y ya sabes lo que vas a decir.

Vuelve al picaporte. La frase que pensaste, «si tengo este miedo, no soy valiente», tenía el orden cambiado. Para los estoicos, el pulso acelerado puede estar ahí todo el rato.

Lo que te hace valiente es no darle la razón, porque sabes qué es un mal de verdad y qué no. Y abrir la puerta para decir lo que toca, aunque te tiemble el pulso.

Separar lo que es un mal de lo que solo lo parece se entiende en una tarde. Practicarlo lleva mucho más, y para eso he diseñado el curso «Construye tu fortaleza interior», para llevar estas ideas a nuestro día a día.

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Notas

  1. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 92.
  2. Séneca, De la ira, libro II, 3.
  3. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 85.
  4. Séneca, De los beneficios, libro II, 34.
  5. Epicteto, Disertaciones, libro II, 1.
  6. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 85.
  7. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 85.
  8. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 66.
  9. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 66.
  10. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 24.
  11. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 91.
  12. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 104.
  13. Aristóteles, Ética a Nicómaco, libro III, 7.
  14. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 93.
  15. Marco Aurelio, Meditaciones, libro XI, 9.
  16. Musonio Rufo, Disertaciones, IX.
  17. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 67.
  18. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 113.