Tienes abierta la hoja de los turnos del equipo. Arrastras tu nombre con el ratón hasta la mejor semana y lo sueltas ahí. Nadie lo prohíbe: el reparto te toca hacerlo a ti y es legal. Cierras el archivo y te dices que no has hecho nada malo.

Y es verdad que no has roto ninguna norma. Nos pasa a todos: medimos si algo es justo por si está permitido. Pero lo permitido solo marca lo mínimo. Deja fuera muchas cosas que nos duelen cuando nos las hacen a nosotros. ¿Qué es la justicia, si no es lo que dice la ley?

Los estoicos la llamaban dikaiosyne. Fueron la escuela de filosofía griega y romana de Séneca, Epicteto y Marco Aurelio. Contaban la justicia entre las cuatro virtudes en las que se apoya todo lo demás. Aquí vamos a ver qué significaba y por qué decían que también se falta a ella sin hacer nada.

Qué significa dikaiosyne: dar a cada uno lo suyo

Dikaiosyne significa justicia, y para los estoicos era la virtud que tiene que ver con los demás: dar a cada uno lo suyo. Lo suyo es lo que le corresponde a cada persona: su parte del trabajo, su turno, su sueldo, el reconocimiento de lo que ha hecho.

Es una de las cuatro virtudes cardinales de la escuela, junto a la prudencia, la valentía y la templanza. Diógenes Laercio, que hacia el siglo III reunió lo que enseñaban los filósofos antiguos, cuenta que los estoicos la ponían entre las virtudes primeras. Son las que sostienen a las demás1.

El mismo Diógenes Laercio recoge una idea de Crisipo, el tercer director de la escuela, que lo cambia todo: lo justo lo es por naturaleza y no por convención2. Una convención es un acuerdo entre personas, como una ley o un reglamento, que podría haber sido de otra manera.

Crisipo decía que lo justo no depende de ese acuerdo: existe por naturaleza, igual que la ley verdadera, que para los estoicos era la razón bien usada. De ahí se sigue que una norma escrita puede no ser justa, y que un trato puede ser justo aunque ninguna norma lo pida.

¿De dónde sale, entonces? Marco Aurelio, el emperador romano que escribía notas para sí mismo, lo explica con una imagen del cuerpo. Hemos nacido para colaborar, escribe, igual que los pies, las manos, los párpados o las dos filas de dientes, y obrar unos contra otros va contra la naturaleza3.

Lo que quiere decir es que estamos hechos para necesitarnos, igual que una mano necesita a la otra para abrir un bote. Por eso, para él, quien es injusto va contra lo que es. Llega a llamarlo impiedad: una ofensa contra el orden del mundo, que él veía como algo sagrado4.

Séneca, el filósofo romano que escribió cartas a su amigo Lucilio, se fija en otra cosa: en por qué se es justo. La justicia, dice, se quiere por sí misma, y no por miedo ni por interés5.

En otra carta añade que la justicia mira al provecho de los demás y al bien de todos. Y que al hacer algo justo no se busca otra cosa que ser justo6.

Es decir, quien reparte bien para que le vean, o por miedo a que le pillen, todavía no es justo del todo. Lo es quien repartiría igual aunque nadie fuera a enterarse, que es justo lo que pasa con la hoja de turnos.

Lo que no es: la justicia no vive en los juzgados

El malentendido más común es el de la hoja de turnos: creer que es justo todo lo que la ley permite, y que solo es injusto lo que se puede castigar. Si no me pueden denunciar, soy justo.

Séneca lo desmonta con una frase que conviene leer despacio: la regla de nuestros deberes es mucho más extensa que la de nuestro derecho7. Con «derecho» se refiere a lo que la ley puede exigirnos. Con «deberes», a todo lo que debemos a los demás como personas. Lo segundo es mucho más ancho.

Y pone ejemplos: la piedad, la humanidad, la generosidad, la justicia y la buena fe nos piden cosas que no están escritas en ninguna ley. Por eso dice que ser bueno solo según la ley es una inocencia pobre8. La ley hace falta, pero marca solo lo mínimo que se puede exigir a todos.

Epicteto, el maestro estoico que había sido esclavo, lo explica con una comida. En un banquete los platos son de todos los invitados. Pero, una vez servidas las raciones, nadie le quita la suya al de al lado. Y en el teatro, que es de todos, nadie echa a otro de su asiento9.

Que algo sea de todos no te da derecho a quedarte con la parte que ya es de otro. En la hoja de turnos pasa lo mismo: el reparto lo haces tú, pero la mejor semana le corresponde también, por turno, a otra persona del equipo.

Para los estoicos, vivir conforme a la naturaleza, que era vivir de acuerdo con lo que somos, seres que razonan y viven con otros, incluía tratar así a los demás: como a gente con la que has nacido para colaborar.

Mesa con dos sillas y un pan partido en dos mitades iguales que flotan sobre la mesa, imagen de dar a cada uno lo suyo según los estoicos.

Lo que tampoco es: ser justo no es solo no hacer daño

Hay un segundo malentendido, más callado: creer que, si no hago daño a nadie, ya soy justo. Piensa en esta escena. En una reunión, tu responsable te felicita por un resultado que sacó una compañera. Asientes despacio y no dices nada.

Parece que no has hecho nada malo. Pero Marco Aurelio lo dice sin rodeos: muchas veces comete injusticia no solo el que hace algo, sino también el que no hace nada10. Callar cuando te toca hablar también es una forma de quitarle a alguien lo suyo.

Séneca va en la misma dirección. Dice que, por ley de la naturaleza, es peor hacer daño que sufrirlo, y que las manos tienen que estar siempre dispuestas a ayudar11. Es decir, la justicia no se queda en no tocar lo ajeno: también pide moverse a favor de los demás.

En la reunión, lo suyo de tu compañera es el mérito. Decir «eso lo hizo ella» es justicia, porque le devuelve algo que le pertenecía. Si te lo callas, la injusticia no la has empezado tú, pero la estás dejando seguir.

Adikia, la injusticia: el vicio de enfrente

Para entender una virtud ayuda mirar su contrario. Los estoicos lo llamaban vicio, y el de la justicia es la injusticia, que en griego se dice adikia. Diógenes Laercio cuenta que ponían cuatro vicios principales frente a las cuatro virtudes: la imprudencia, la cobardía, la injusticia y la falta de templanza12.

¿Y a quién daña la injusticia? La respuesta sorprende. Marco Aurelio la escribe así: «El que comete injusticia se hace injusto a sí mismo»13. Quiere decir que el primer perjudicado es quien la comete, porque cada vez que actúa así se vuelve un poco peor persona.

Epicteto añade por qué alguien obra así. El que hace daño a otro, dice, no ha aprendido que las personas estamos hechas para tratarnos bien. Tampoco sabe que obrar mal perjudica sobre todo al que lo hace. Como no lo sabe, hace lo que cree que le conviene14.

Por eso la justicia va de la mano de la prudencia, que es saber qué vale de verdad y qué no. Marco Aurelio dice que no se puede ser justo si uno anda perdido detrás de cosas que no importan. Tampoco si juzga deprisa y no da a cada cosa su valor15.

Quien cree que la mejor semana vale más que el trato con su equipo acaba repartiendo mal.

Qué mirar distinto hoy

Lo que te propongo para hoy cabe en un reparto pequeño: un turno, una tarea, un mérito. Elige el próximo que te toque y, antes de cerrarlo, hazte una pregunta: ¿le estoy dando a cada uno lo que le corresponde, o solo lo que la norma me obliga a darle?

Si la respuesta es lo segundo, cambia algo concreto. Mueve tu nombre a otra semana, o di en voz alta quién sacó el resultado. No hace falta que nadie sepa por qué lo haces: para los estoicos, la justicia se practica igual cuando nadie mira.

Marco Aurelio se lo resumía con dos salidas: o actúas con rectitud por ti mismo, o tendrán que enderezarte otros16. Es mejor la primera, porque así decides tú.

Vuelve a la hoja de turnos. Tu nombre sigue en la mejor semana, y nadie lo ha visto. La ley no tiene nada que decir sobre eso. Por eso mismo es el sitio donde se ve si alguien es justo.

Si la próxima vez repartes como lo harías si te tocara recibir el reparto, habrás entendido qué era para los estoicos dar a cada uno lo suyo.

Entender qué era la justicia para los estoicos lleva un rato. Practicarla en el próximo reparto lleva más, y para eso he diseñado el curso «Construye tu fortaleza interior», para llevar estas ideas a nuestro día a día.

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Notas

  1. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 92.
  2. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 128, sobre Crisipo, De lo honesto.
  3. Marco Aurelio, Meditaciones, libro II, 1.
  4. Marco Aurelio, Meditaciones, libro IX, 1.
  5. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 94.
  6. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 113.
  7. Séneca, De la ira, libro II, 28.
  8. Séneca, De la ira, libro II, 28.
  9. Epicteto, Disertaciones, libro II, 4.
  10. Marco Aurelio, Meditaciones, libro IX, 5.
  11. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 95.
  12. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 93.
  13. Marco Aurelio, Meditaciones, libro IX, 4.
  14. Epicteto, Disertaciones, libro IV, 5.
  15. Marco Aurelio, Meditaciones, libro XI, 10.
  16. Marco Aurelio, Meditaciones, libro VII, 12.