Sereno le cuenta a Séneca lo que le pasa. No es una desgracia ni una tormenta. Es algo más pequeño y más pesado de llevar: lo que le cansa, dice, no es una tempestad, sino el fastidio1.

Sereno era un amigo más joven de Séneca, el filósofo romano, y su confesión abre el libro que Séneca escribió para contestarle, De la tranquilidad del ánimo.

Nos pasa a muchos. Nada va mal del todo y nada está bien del todo. Por fuera, la vida sigue. Por dentro, algo no se está quieto.

Antes de ver qué le contestó, conviene aclarar la palabra que buscamos: ¿qué es la ataraxia, y qué tiene que ver con lo que Séneca llamaba tranquilidad?

Qué es la ataraxia: la tranquilidad interior

Ataraxia es la tranquilidad interior, la ecuanimidad: un ánimo que no se deja mover por lo que pasa. La palabra viene del griego y quiere decir, al pie de la letra, sin perturbación. Ya es también una palabra española, y no pertenece a una sola escuela de la Antigüedad: entre los estoicos la usa Epicteto, el maestro que había sido esclavo2.

Epicteto pone un ejemplo muy de casa. Si se te derrama el aceite o te roban el vino, dice, piensa que a ese precio se compra la tranquilidad, porque nada se consigue gratis2. Es decir, la calma se entrena en lo pequeño, renunciando a enfadarte por todo.

Séneca habla de algo cercano, pero no igual. Le dice a Sereno que lo que busca es algo grande y alto: no mudarse, es decir, no cambiar de ánimo cada vez que algo lo empuja. Cuenta que los griegos lo llamaban euthymia, buen ánimo, y que él prefiere llamarlo tranquilidad3. La ataraxia dice lo que falta, la perturbación. La euthymia dice lo que hay: un ánimo contento y firme.

Fíjate en que no habla de vacío ni de silencio, sino de firmeza. Es la diferencia entre no tener problemas y que los problemas no te saquen de tu sitio.

Epicteto añade de dónde sale esa firmeza. El que progresa, dice, sabe que la calma solo llega a quien no ve frustrado lo que desea ni cae en lo que teme4. Si deseas cosas que no dependen de ti, como que los demás te contesten rápido o que el tráfico fluya, vivirás pendiente de ellas. Es lo que hoy se llama la disciplina del deseo: entrenarse para desear solo lo que depende de uno.

Esa es la ataraxia. Ahora veamos con qué se confunde, porque los dos malentendidos más comunes llevan lejos de ella.

Lo que no es: ni no sentir nada ni cambiar de sitio

Sales de una reunión tensa con la cara todo lo quieta que puedes. Llevas los puños metidos en los bolsillos de la chaqueta. Nadie nota nada, pero por dentro sigues discutiendo. Y crees que eso es estar tranquilo.

Es el primer malentendido: pensar que la ataraxia es no sentir nada, quedarse frío y aguantar el gesto. Séneca no lo veía así. Para él, el ser humano tiene una parte que siente los dolores y otra que razona y se mantiene firme, que es donde está su bien5. Las dos son tuyas. Y sentir el golpe no es fallar.

Hay un segundo malentendido: creer que la tranquilidad se encuentra cambiando de sitio. Estás en una terraza junto al mar, en el viaje que tanto esperabas, y dejas el vaso en la mesa para sacar el móvil y mirar el correo del trabajo.

Has cambiado de sitio, pero la cabeza sigue en la oficina.

Séneca se lo escribió a su amigo Lucilio, que se quejaba de que viajar no le quitaba el peso de encima. Lo que necesitas, le dice, es cambiar de ánimo y no de cielo, porque aunque cruces los mares tus pasiones te seguirán a todas partes6. Con pasiones se refiere a los deseos y los miedos que te inquietan. Si los llevas dentro, viajan contigo.

Con los dos malentendidos fuera, la palabra se ve mejor. La ataraxia es un ánimo que no se deja arrastrar, y eso se trabaja por dentro, estés donde estés.

Meta, fruto o regalo: dónde ponía cada escuela la calma

Antes de seguir, nos conviene aclarar algo que confunde a mucha gente: no todas las escuelas antiguas ponían la calma en el mismo sitio. Para unas era lo que se busca, y para otras, lo que llega cuando se busca otra cosa.

Para Epicuro, el filósofo griego que fundó la escuela rival de los estoicos, la calma era la meta. El placer que buscaba no era una fiesta, sino un placer en reposo: no tener dolor en el cuerpo ni turbación en el alma7. Para él, eso era vivir bien.

Para los estoicos, la calma era el fruto. Epicteto lo dice sin rodeos: el fruto de la virtud es la serenidad8. Es decir, no se busca la calma, sino vivir bien, y la calma llega detrás.

Los escépticos, los seguidores de Pirrón, que dudaban de que se pudiera saber qué es verdad, también la tenían por fin, pero les llegó de una manera inesperada. Lo cuenta Sexto Empírico, un médico griego que escribió sobre ellos. Buscaban la calma tratando de decidir qué era verdad. No lo consiguieron, y cuando dejaron de juzgar, la calma les llegó sola, como la sombra sigue al cuerpo9.

¿Importa la diferencia? Importa, porque quien persigue la calma como meta ha cambiado de escuela sin darse cuenta. Está con Epicuro, que lo hacía con rigor, o con la autoayuda, que suele hacerlo sin rigor.

Mar gris bajo un cielo despejado que refleja nubes de tormenta, imagen del mar cuando la tormenta ya ha pasado y de la perturbación del alma según Séneca.

 

Tarache psyches: la perturbación del alma

Para lo que sentía Sereno se usa la expresión griega tarache psyches, la perturbación del alma. Es un desajuste por dentro cuando por fuera no se ha roto nada. No es una enfermedad, y aquí no se usa como diagnóstico.

Séneca le da a Sereno una imagen del mar. Cuando acaba una tormenta, el mar todavía conserva algo de oleaje, aunque ya no sople el viento10. Eso es la perturbación: el resto de agitación que queda cuando ya no hay motivo.

¿Te suena? Terminó la discusión, se resolvió el problema, y tú sigues dándole vueltas en el pasillo. Ya no hay tormenta. Pero queda ese oleaje.

Con palabras de hoy, la perturbación del alma se parece a lo que la psicología llama malestar psicológico o distrés emocional. En su forma más reconocible, es la ansiedad de quien da vueltas sin parar a lo que puede pasar. Lo decimos para que nos entendamos, no para poner etiquetas.

Displicere sibi: el descontento de sí

Hay un paso más abajo, y Séneca también lo nombra. En latín se dice displicere sibi, descontentarse de uno mismo. Es el estado de quien se siente insuficiente sin saber muy bien por qué.

Séneca lo escribe con una frase dura: «uno solo es el efecto del vicio, que es el de descontentarse de sí mismo»11. Por vicio entiende aquí cualquier manera equivocada de vivir, como desear lo que no toca o temer lo que no hace falta. Lo que dice es que todas acaban en lo mismo: un descontento que no sabe de dónde viene.

Sereno lo describía sin ese nombre: ni estaba enfermo ni estaba sano, decía12.

Nos reconocemos ahí más de lo que querríamos: la sensación de no estar a la altura sin que nadie nos haya pedido cuentas. Ponerle nombre sirve de algo, porque lo que tiene nombre se puede mirar con calma, en lugar de solo sufrirlo.

Hoy le daríamos dos nombres. Uno es la insatisfacción con uno mismo, que la psicología explica como la distancia entre lo que uno es y lo que cree que debería ser13. El otro es languidecer, la palabra que usa la psicología del bienestar para quien no está enfermo, pero tampoco florece14.

Y aquí aparece algo curioso. Languidecer y florecer están en los dos extremos de una misma escala, y florecer es una de las traducciones de hoy de la eudaimonia, la vida bien vivida de los estoicos.

Si te reconoces en un malestar que pesa de verdad y no se va, este artículo no sustituye la ayuda de un profesional.

La calma que dura y la calma que depende

Hay dos calmas en el mar. Una es la del agua sin viento, que se acaba cuando cambia el tiempo. La otra es la del marinero que sabe navegar, que va con él haga viento o no.

Epicteto desconfiaba de la primera. ¿Qué calma es esa, preguntaba, que puede estropear cualquier cosa, un cuervo que grazna, un músico que ensaya o una fiebre? La de verdad dura sin cortes y no depende de que te dejen en paz15. La del sabio es así porque descansa en sus juicios, y no en que las cosas le vayan bien.

Si hubiera que decirlo en una línea: la eudaimonia es la vida bien vivida; la virtud es cómo se vive bien; la calma es lo que notas cuando lo haces.

Qué mirar distinto hoy

Cuando notes que algo te mueve por dentro, ya sea un comentario, una respuesta que no llega o un plan que se tuerce, ponle nombre a lo que deseabas y pregúntate si eso dependía de ti. No se trata de dejar de sentirlo, sino de saber qué te ha movido.

Un ejemplo: te quedas esperando un mensaje que no llega. Lo que te mueve no es el mensaje, sino el deseo de que la otra persona conteste ya, y eso no depende de ti. Saberlo no te quita la inquietud de golpe, pero te enseña de dónde viene, y por ahí se empieza a trabajarla.

Sereno le decía a Séneca que lo que le cansaba no era una tempestad. Tenía razón, y por eso mismo irse lejos no le habría servido. Lo que Séneca le proponía era aprender a que el oleaje que queda no le sacara de su sitio. Las olas iban a seguir llegando, como le llegan a cualquiera. Lo que podía cambiar era cuánto le movían.

Entender qué era la tranquilidad interior para los estoicos lleva un rato. Practicarla cuando todo se mueve a tu alrededor lleva bastante más. Para eso he diseñado el curso «Construye tu fortaleza interior».

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Notas

  1. Séneca, De la tranquilidad del ánimo, capítulo 1.
  2. Epicteto, Enquiridión, 12.
  3. Séneca, De la tranquilidad del ánimo, capítulo 2.
  4. Epicteto, Disertaciones, libro I, 4.
  5. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 71.
  6. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 28.
  7. Epicuro, Carta a Meneceo, 131.
  8. Epicteto, Disertaciones, libro I, 4.
  9. Sexto Empírico, Esbozos pirrónicos, libro I, 26 a 29.
  10. Séneca, De la tranquilidad del ánimo, capítulo 2.
  11. Séneca, De la tranquilidad del ánimo, capítulo 2.
  12. Séneca, De la tranquilidad del ánimo, capítulo 1.
  13. E. Tory Higgins, «Self-discrepancy: a theory relating self and affect», Psychological Review, 1987.
  14. Corey L. M. Keyes, «The mental health continuum: from languishing to flourishing in life», Journal of Health and Social Behavior, 2002.
  15. Epicteto, Disertaciones, libro IV, 4.