«Me lo pensaré». Es lo único que dice el cliente. Acabas de presentarle el proyecto. Recoges el portátil sin decir nada y, al guardarlo, aprietas el cierre de la funda más de la cuenta.

Lo hiciste bien. Preparaste cada cifra y respondiste a cada duda. Y aun así, no ha salido.

Esto nos pasa a todos, en el trabajo y fuera de él: hacemos nuestra parte con cuidado, el resultado no llega y nos quedamos con la sensación de haber fallado. Pero si lo hiciste bien, ¿qué es exactamente lo que ha fallado?

Los estoicos, la escuela de filosofía que fundó Zenón en Atenas, tenían una respuesta, y empieza por no mezclar dos cosas. Una es la meta concreta de cada día, como el sí de ese cliente. La otra es aquello a lo que apunta tu vida entera. Para la segunda tenían una palabra griega: telos, el fin último.

Qué significa telos: el fin último

Telos significa fin último: aquello a lo que apunta una vida entera y con lo que se mide todo lo demás. Es lo que buscas por sí mismo, y no para conseguir otra cosa. Para los estoicos, ese fin era vivir conforme a la naturaleza, que para ellos era lo mismo que vivir con virtud.

Las dos expresiones piden una explicación. Vivir conforme a la naturaleza quería decir vivir como corresponde a un ser humano, que es un ser que razona: usar bien la cabeza para dirigir lo que haces1. Y la virtud era actuar bien, con buen juicio, con justicia, con valor y con medida.

Así que el fin de tu vida, para ellos, no era un resultado concreto. Era una manera de hacer las cosas.

La fórmula es muy antigua. Diógenes Laercio, que hacia el siglo III después de Cristo reunió lo que enseñaban los filósofos antiguos, cuenta que el primero en decir que el fin es vivir conforme a la naturaleza fue el propio Zenón2.

Dicho así, puede sonar lejano. ¿De qué sirve un fin tan general cuando lo que tienes delante es un cliente que no contesta?

Séneca, el filósofo romano, contesta con algo muy práctico en una de sus cartas a su amigo Lucilio: quien no se ha propuesto antes un fin general no puede acertar en cada cosa concreta3. Sin ese fin, cada decisión se toma a ciegas, porque no tienes nada con qué compararla.

Y lo dice con una imagen de marinero: «Para quien no sabe hacia qué puerto navega, ningún viento sopla en su favor»4. Un viento del este es bueno para quien va hacia el oeste y malo para quien va hacia el este. Si no sabes adónde vas, no puedes saber si lo que te pasa te acerca o te aleja.

Marco Aurelio, el emperador romano que escribía notas para sí mismo, lo baja a lo pequeño: «Incluso la acción más pequeña debe referirse a un fin»5. Un correo, una llamada o una presentación se pueden hacer mirando a ese fin o sin mirarlo. Mirarlo quiere decir preguntarte si lo estás haciendo como lo haría alguien que razona y actúa bien.

Eso es el telos. La pregunta ahora es cómo encaja con las metas de cada día, como el sí del cliente, y para eso los estoicos usaban otra palabra.

Skopos: la diana que puede moverse

Para la meta concreta de cada día se suele usar otra palabra griega: skopos, la diana, el blanco al que se apunta. Es el resultado de fuera al que aspiras: que el cliente diga que sí, que llegue el ascenso, que una conversación acabe bien. Y puedes no alcanzar la diana por causas que no dependen de ti sin que tu fin se rompa.

Para explicar la diferencia usaban la imagen de un arquero. La recoge Cicerón, el político y orador romano, en una obra donde pone la doctrina estoica en boca de Catón el Joven, senador romano y estoico6. La tarea del arquero es hacer todo lo que está en su mano para tirar derecho. Eso, y no dar en el blanco, es su bien.

Dar en el blanco depende también de otras cosas: de una ráfaga de viento, de que el blanco se mueva. ¿Quiere decir eso que acertar no importa? Importa, y se busca en serio. Lo que dice Catón es que acertar no es el fin.

Séneca usa el mismo arquero para explicar el orden de las cosas: primero hay que saber a qué se quiere dar, y después apuntar bien la flecha y colocar la mano7. Es decir, la diana se elige antes de tirar, y se elige con cuidado.

Aquí está el malentendido más común: creer que el telos es la meta, el resultado que hay que conseguir. Si fuera así, tu fin dependería del cliente, del mercado o de la suerte de cada día, y cada «me lo pensaré» sería un fracaso de tu vida entera. Para los estoicos era solo una diana que esta vez no se ha alcanzado.

Vuelve a la sala de reuniones. El sí del cliente era la diana. Tu parte era otra: preparar el proyecto a fondo, explicarlo con claridad y responder a sus dudas sin adornos. Esa parte la hiciste.

Dibujo de línea fina sobre fondo naranja sobre orientarse por algo fijo y lejano, imagen del propósito según Séneca.

Propósito: no es lo que te hace sentir vivo

Ahora estás en el sofá, con el móvil en la mano. Un vídeo tras otro te pide que busques tu pasión. Lo dejas bocabajo sobre el cojín y te quedas mirando el techo.

Esa sensación de que se nos está pasando la vida nos llega a casi todos alguna vez. Y la respuesta que más circula es que encuentres tu propósito, entendido como aquello que te apasiona.

Hasta circula una frase con la firma de Marco Aurelio: no preguntes qué necesita el mundo, pregunta qué te hace sentir vivo. No es suya. Es de Howard Thurman, un teólogo estadounidense del siglo XX8, y los estoicos pensaban otra cosa.

Para ellos, el fin de una vida no se encuentra mirando dentro a ver qué te emociona. Es el mismo para cualquier persona, porque todos somos seres capaces de razonar, y consiste en vivir con virtud. Lo que cambia de una vida a otra son las dianas: el oficio, la familia, los proyectos. El fin es común.

Séneca lo explica con la imagen del marinero que se orienta por una estrella. Hay que proponerse el bien supremo como fin, escribe, y dirigir hacia él lo que haces y lo que dices9. Por bien supremo entiende lo mejor que se puede tener, que para los estoicos era la virtud.

Cada barco navega hacia su puerto, pero todos se orientan por las mismas estrellas. Con las personas pasa igual: cada una tiene sus dianas, y todas se miden con el mismo fin.

¿Y si no tienes ninguna pasión clara? Entonces no te falta lo importante. Tu fin no depende de encontrarla, porque lo tienes delante en lo próximo que hagas y en hacerlo bien.

La pregunta que ordenaba toda la ética antigua

La pregunta por el fin no era solo de los estoicos. Todas las escuelas de filosofía de la Antigüedad empezaban por ella: qué es lo que buscamos por sí mismo y no para otra cosa.

Piensa en una cadena de para qués. Estudias para aprobar, apruebas para tener un título, el título es para un trabajo y el trabajo es para vivir bien. Ahí la cadena se para, porque a vivir bien ya no se le puede preguntar para qué. Lo que queda al final de la cadena es el fin.

Aristóteles, el filósofo griego que fue maestro de Alejandro Magno, lo razonó así: si todo se buscara por otra cosa, la cadena no acabaría nunca y desear no tendría sentido10. Tiene que haber algo que se quiere por sí mismo. Y en el nombre de ese algo casi todos estaban de acuerdo: eudaimonia, la vida bien vivida11.

Donde no se ponían de acuerdo era en qué consiste vivir bien. Para los estoicos, en vivir con virtud. Para Epicuro, el filósofo griego que fundó la escuela rival, en el placer, entendido como no tener dolor en el cuerpo ni turbación en el alma12. Para Aristóteles, en vivir conforme a la virtud a lo largo de una vida entera13.

Responden distinto, pero a la misma pregunta, y por eso se pueden comparar. Cicerón dedicó una obra entera a ponerlas frente a frente14.

La misma pregunta sirve para entender dónde ponía cada escuela la calma. Epicuro ponía la tranquilidad del ánimo, que en griego se llama ataraxia, dentro del fin mismo. Los estoicos la ponían después: Epicteto, el maestro estoico que había sido esclavo, decía que la serenidad es el fruto de la virtud15.

Si hubiera que decirlo en una línea: la eudaimonia es la vida bien vivida; la virtud es cómo se vive bien; la calma es lo que notas cuando lo haces.

Qué mirar distinto hoy

Esto se practica en pequeño, con una tarea concreta que tengas hoy por delante: una llamada, una entrega, una conversación que llevas tiempo aplazando.

Antes de empezar, di en voz baja dos cosas por separado. Primero, cuál es la diana, el resultado que te gustaría que saliera. Después, qué sería tirar bien en esa tarea, es decir, la parte que depende de ti.

Un ejemplo: tienes que pedir un aumento, y la diana es que te lo den. Tirar bien es llevar los datos preparados, pedirlo con claridad y escuchar la respuesta entera.

Cuando termines, júzgate por lo segundo. La diana la sigues eligiendo y buscando en serio. Lo que cambia es con qué mides tu día.

Vuelve un momento a la sala de reuniones, a la funda del portátil cerrada con más fuerza de la cuenta. Ese día el cliente no dijo que sí, y la flecha no dio en la diana. Pero preparaste el proyecto, lo explicaste bien y respondiste a sus dudas. Esa era tu parte, la hiciste, y con eso medían los estoicos un día de trabajo.

Entender la diferencia entre tu fin y tus metas lleva un rato. Practicarla cuando algo no sale como esperabas lleva bastante más. Para eso he diseñado el curso «Construye tu fortaleza interior».

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Notas

  1. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 86.
  2. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, libro VII, 87.
  3. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 71.
  4. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 71.
  5. Marco Aurelio, Meditaciones, libro II, 16.
  6. Cicerón, Sobre los fines de los bienes y los males, libro III, 22.
  7. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 71.
  8. Howard Thurman. La frase circula con la firma de Marco Aurelio, pero no es suya.
  9. Séneca, Cartas a Lucilio, carta 95.
  10. Aristóteles, Ética a Nicómaco, libro I, 2.
  11. Aristóteles, Ética a Nicómaco, libro I, 4.
  12. Epicuro, Carta a Meneceo, 131.
  13. Aristóteles, Ética a Nicómaco, libro I, 7.
  14. Cicerón, Sobre los fines de los bienes y los males, libros I a V.
  15. Epicteto, Disertaciones, libro I, 4.