El hombre al que Séneca fue a ver aquella tarde se estaba muriendo, y lo sabía.
Se llamaba Aufidio Basso. Era viejo, llevaba tiempo enfermo y ya no iba a mejorar. Séneca entró preparado para lo de siempre en esas visitas: la voz baja, el tema esquivado, la conversación sobre cualquier otra cosa.
Lo que se encontró no fue a un hombre hundido. Se encontró a un hombre que hablaba de su propio final con la misma tranquilidad con la que comentaría el estado de la casa en la que vivía: sin dramatismo, sin quejarse, sin bajar la voz. Salió de allí impresionado, y no por la enfermedad. Por la manera de mirarla.
Séneca contó esa visita en una de sus cartas a Lucilio, el amigo al que escribió durante años sobre cómo se vive y cómo se acaba. No la contó para consolar a nadie, sino porque le había servido a él.
Conviene no confundirse aquí. Los estoicos no eran gente a la que la muerte le diera igual. Escribieron sobre ella una y otra vez, durante siglos, precisamente porque había que entrenarse. Nadie escribe tanto sobre algo que no le importa.
Basso no había perdido el miedo. Había perdido el silencio.
Nosotros hacemos lo contrario. A nosotros nos enseñaron el silencio primero y el miedo se quedó dentro, sin sitio donde salir. ¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a alguien, en voz alta y sin rodeos, que un día te vas a morir?
Qué propone el estoicismo cuando te da miedo morir
El estoicismo no te pide que dejes de temer la muerte. Te pide dos cosas distintas: que puedas mirarla sin apartar la vista y que puedas nombrarla en voz alta, porque un miedo que no se nombra nunca se marcha. Y te ofrece otra manera de contar tu propia vida: no como una cantidad de años que alguien viene a cortar, sino como una obra que puede estar completa termine donde termine.
Eso es todo. No hay truco.
Casi nadie lo ha dicho nunca en voz alta
Mi hijo tenía seis años cuando me lo preguntó. Estábamos recogiendo la cocina, él con un vaso en la mano, y me dijo si yo me iba a morir algún día.
Le contesté que faltaba muchísimo. Y puse la tele.
Con la casa ya en silencio caí en lo que acababa de enseñarle. No le había respondido. Le había enseñado que de esto no se habla.
Tú también haces la cuenta. Subes las escaleras con la compra, te falta el aire más que el año pasado, y te quedas parado en el rellano. Piensas en la edad a la que murió tu padre. Piensas en la tuya. Haces la resta.
Entras en casa y dices que hay que arreglar el ascensor.
Alguien a quien quieres está a cuatro metros de ti, en la cocina, y no se entera absolutamente de nada. No porque no le importe. Porque no se lo cuentas.
Esa conversación no la tiene casi nadie. En el entierro de un conocido de tu edad todo el mundo repite que nunca se sabe, que hay que vivir el momento, que la vida son dos días. Esas frases no están ahí para decir algo. Están ahí para ocupar el sitio de la otra, la que nadie dice.
Lo pruebas con el médico y tampoco sale. Te dice que va a repetir una prueba, sin levantar la vista, y tú le preguntas si puedes seguir saliendo a correr. No era eso lo que querías preguntar.
Y con los niños todavía menos. Preguntan de frente, como preguntan ellos, y les cambiamos de tema con una sonrisa. Aprenden rápido. Aprenden que hay una cosa de la que en casa no se habla.
Por qué apartarlo deja de funcionar en soledad
Lo que casi todos hacemos con esto es apartarlo, y hay que decir en su favor que funciona bastante bien. Funciona mientras hay ruido, gente, trabajo, cosas que resolver.
Deja de funcionar cuando se apaga el ruido. Te despiertas de madrugada y ahí aparece de nuevo el tema, con la resta hecha.
¿Cuántas noches llevas ya con esa cuenta hecha? A casi ninguno de nosotros nos enseñaron qué hacer con ella, así que esperamos a que amanezca.
El problema de apartar algo es que no lo desmontas: lo guardas. Y lo que guardas sin mirar crece con lo que le vas echando encima, el susto del pecho, el amigo que se puso enfermo, la cara de tu padre en una foto. Al cabo de unos años normalizamos no nombrarlo.
Existe un entrenamiento clásico para tener la muerte presente a diario, que los latinos llamaron memento mori. Epicteto, que había sido esclavo y sabía lo que era no controlar nada, lo dejó dicho en su Enquiridión:
«Ten cada día ante los ojos la muerte, el destierro y cuanto parezca terrible; sobre todo, la muerte.»
No lo proponía para amargarle el día a nadie, sino como vacuna: quien ya ha mirado lo peor deja de vivir pendiente de que llegue.
Séneca no medía una vida por lo que duraba
Séneca le escribió a un amigo una idea que cambia de sitio todo el asunto. Le dijo que una vida se parece a una obra de teatro, y que en el teatro no importa cuánto dura la función, sino lo bien que se representa. Una obra puede ser corta y estar entera. Puede ser larguísima y no valer nada.
Lo dejó escrito así en sus Cartas a Lucilio:
«No importa cuánto dura la representación, sino lo bien que se representa; una vida es completa la termines donde la termines, si la terminas con honradez.»
Lo que Séneca quería quitarle de encima a su amigo no era el miedo a morir. Era la idea de que una vida interrumpida es una vida fallida. Escribía desde una corte donde cualquiera podía recibir la orden de morir, la suya incluida.
Fíjate en lo que hace esa frase. El miedo cuenta tu vida como una cantidad, un depósito con un nivel que baja y que terminará vaciándose, pero no sabes cuándo. Con esa contabilidad siempre vas perdiendo, porque el saldo solo puede ir a menos. Séneca la cuenta como una forma.
No es un depósito. Es una obra.
Y una forma no se queda a medias por acabarse pronto. Lo que ya has vivido no está pendiente de nada. Ya está hecho. Es tuyo del todo, y no hay prueba médica que pueda ir a quitártelo.
En otro libro suyo, Sobre la brevedad de la vida, dejó escrita una frase que retrata a cualquiera que se pare a mirarse:
«Lo teméis todo como mortales y lo deseáis todo como si fuerais inmortales.»
Ahí no regaña a nadie. Señala una contradicción práctica: el que no se atreve a nombrar su muerte se comporta como si tuviera tiempo infinito para lo que le importa. Vivimos con las dos cuentas abiertas a la vez.
Esto no es morbo, es exactamente lo contrario
La objeción llega sola: hablar de esto es morboso, y bastante tiene uno con lo suyo.
Pero mira dónde está el morbo de verdad. El morbo es el cómo: la enfermedad contada con lupa, el detalle, el cuerpo, la escena final. Nada de eso hace falta aquí, y nada de eso te ha pasado por la cabeza en el rellano de la escalera.
Lo que a ti se te pasó por la cabeza fue una resta.
Así que la pregunta es al revés de lo que parece. ¿Dónde está el morbo, en decirlo una vez o en pensarlo cada pocas semanas durante veinte años y no decirlo nunca?
Y hay algo más, que es la parte que no se ve. Ese silencio no se queda quieto en ti: lo enseñas. Se lo enseñas a quien vive contigo, que aprende que hay una habitación de tu cabeza donde no se entra.
Lo que puedes hacer hoy, y son treinta segundos
Una sola cosa. Decirlo una vez, a una persona, sin ceremonia.
¿A quién? A quien tengas cerca. No hace falta que sea la persona con la que mejor hablas de estas cosas, porque para esto no hay ninguna.
No hace falta sentarse a hablar, ni buscar el momento, ni avisar de que vas a decir algo importante. Justo eso es lo que lo estropea. Se dice de pie, mientras se recoge la mesa, con el mismo tono con el que se comenta el tiempo.
Sirve una frase así: el otro día subiendo las escaleras me acordé de mi padre y me dio por echar la cuenta.
Y ya. No esperas respuesta. No hace falta que la otra persona diga nada inteligente, ni que te consuele. Lo único que estás comprobando es que la frase se puede decir y no pasa nada.
Nada de esto es escribir tu epitafio, ni imaginarte tu funeral, ni hacer la lista de lo que harías si te quedara un año. Esos ejercicios tienen su sitio y no es hoy. Hoy toca una frase.
Puede que al decirlo descubras que lo tuyo no era exactamente esto. Hay quien no teme morirse, sino llegar al final sin haber empezado a vivir, y ese es otro camino. Hay quien tiene detrás un diagnóstico o un dolor que no se va, y eso se trabaja de otra manera.
Y hay a quien lo que no puede decir no es que se va a morir él, sino que se le puede morir alguien. Son tres conversaciones distintas y ninguna es esta. Pero las tres empiezan igual, diciendo la primera frase.
.
La cocina, otra vez
A mi hijo le contesté incorrectamente aquella noche. Tardé en poder contestarle bien.
Hubo un tiempo en el que la muerte dejó de ser para mí una idea y pasó a ser un mueble de casa, y de aquello aprendí tarde y a golpes lo que aquí te cuento en diez minutos. Aprendí que la parte que más pesaba no era el miedo. Era llevarlo callado.
Ahora, cuando me lo pregunta, le digo que sí, que algún día moriré, y que por eso hay que vivir plenamente hoy y representar nuestra obra lo mejor que esté en nuestras manos. Porque una vida es completa la termines donde la termines, si la terminas con honradez.
Y me quedo yo con el vaso en la mano, un segundo más de la cuenta, sabiendo que acabo de decir en voz alta la frase que durante años no dije.
Basso lo entendió antes que nosotros, y por eso murió tranquilo. La muerte no viene a quitarte lo que has vivido. El silencio, sí.
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